Miedo a ser padre IV

Por dos horas cruzamos caminos imposibles hasta llegar a un pueblo en las alturas de Cajamarca. Unas 200 personas nos habían esperado toda la mañana y parte de la tarde sentadas o acostadas en una pequeña montaña, tejiendo o conversando o rasgando el pasto sin prisa. El frío nos entraba en el cuerpo como balas. Mis manos y mis orejas estaban congeladas. Seguía preguntándome qué hacía allí. Eran los tiempos en los que viajar era también morir.

Catalina, entonces,  tenía poco más de un año y en cada viaje pensaba mucho, muchísimo en ella. Entonces, también, me paralizaba la horrenda posibilidad de morir en un avión. Me preguntaba mil cosas. Me proyectaba en mil cosas. Cuando salí del auto, no sabía que estaba a punto de vivir una de las experiencias más emotivas de mi vida.

No te descubrí sino hasta después de un rato y me impresionó mucho la forma en que ibas vestido: un trajecito negro despintado y manchado con tierra seca pegada también a tus medias amarillentas. Una camisita blanca y una corbata delgada. Tus mejillas parecían dos tomates estrellados contra el suelo. Tus ojos permanecían fijos en tu madre, a quien me pidieron entrevistar ni bien llegamos.

Nunca lo quise así, pequeño. Jamás pensé que nos cruzaríamos para vivir esa experiencia. Cuando te descubrí, aferrado al cuerpo de tu mamá, dudé en hacer lo que había que hacer. Mi amigo camarógrafo sabía que era un momento difícil. La gente alrededor parecía no darse cuenta de lo que podía ocurrir. Ellos solo querían que se hiciera justicia con tu padre, muerto días atrás a manos de ronderos de una comunidad vecina. Por razones que no viene al caso recordar.

Tuve que hacer esa maldita pregunta frente a ti, sin mirarte, y sin embargo sintiéndote. Tuve que preguntarle a tu madre por tu padre, mientras las mujeres sollozaban y ella empezaba a pintar sus palabras con ese dolor tan profundo que proviene de la pérdida. Tuve que hacer esas malditas preguntas mientras tú te pegabas cada vez más a ella, de la forma en que las personas solas se aferran a lo que más necesitan. Y entonces te miré y vi probablemente los ojos más tristes del mundo, vi a un niño y también te vi años después, descorazonado, quizá más duro y menos niño, menos ingenuo, mortal. No podía verte y no ver a mi hija y sentir tu dolor y la fuerza de aquella tragedia. Vi tus lágrimas caer, te vi sollozar, te vi mirarme y no pude más. Era la primera vez que unos ojos como los tuyos me quebraban. Dejé, así, de ser periodista, dejé de oír a tu madre y dejé de apretar el micrófono y sollozé un ‘no puedo’ y te dejé de mirar y exploté en un llanto que había contenido quizá demasiado tiempo. Me alejé rápido para llorar sin que me vieran. Tu llanto fue implacable conmigo. Tantos años en esto y tus lágrimas terminaron por destruirme, pequeñito. En ese momento, seguramente, tú y yo intercambiamos emociones. En ese momento me puse en tu lugar y te juro que no podré jamás decirte cuánto lo siento, cuánto realmente siento que tu padre haya muerto, cuán injusto veo que hayas tenido que llorar por tu padre, porque te lo quitaron, porque te hicieron crecer a la fuerza, tú, que tanto lo necesitabas.

Tu historia todavía me hace llorar. Descubrí que tus ojos han permanecido cerca de esa sensación horrenda que es la muerte. Todo lo que hoy te rodea me recuerda que esto de aquí se acaba en un instante, que hay hijos que entierran a sus padres antes de tiempo y que hay hijos que, como tú, se ven obligados antes de tiempo a llevar un traje que no les queda. No recuerdo mucho más de aquella tarde, solo que quería irme cuanto antes de allí y olvidarme de todo. Que quizá te dije que todo estaría bien, sabiendo que no lo entenderías o no lo creerías. Que mi amigo grabó sin perder el pulso. Que era lo que había que hacer. Hoy recordamos que fue una experiencia muy fuerte. A mí me sigue doliendo hasta ahora.

Pequeño niño, no he dejado de pensar en ti. Me gustaría volverte a ver. No sé bien qué podría decirte, pero sería feliz si me dijeran que creces sin culpas y sin odio. Que tu padre es todo lo bueno que sabes que fue. Es lo que yo quiero para ti, es lo que yo quiero para mi hija y es lo que yo quiero para cualquier niño. La tierra seca de tu pantaloncito es lo más puro que vi en mi vida.

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