Tareas en casa

Esta semana hemos tenido reunión en el colegio. ¿El motivo? Conocer los avances de Catalina en los primeros meses. Después de 40 minutos de amena conversación, me voy con unas cuantas tareas:

1) Es bueno que mi hija no me vea como un “juguete”. Me explico: cada vez que llego del trabajo, papá se alista para jugar a todo lo que ella quiera. Su mente me convierte en algo así: suave como un peluche, dispuesto a la risa como un muñeco de cuerda, dispuesto al salgo como un trampolín, dispuesto a lo que ella esté dispuesta a hacer. Y a mí me gusta. Me encanta. Adoro esos pequeños grandes momentos antes de dormir. Someterse a los deseos de una niña puede ser adictivo, pero también, quizá, predisponerla a sentirse un poco como Dios frente a mí. Como la reina y señora. Y no, Catalina: papá también tiene que hacer cosas. Papá puede elegir. Papá debe elegir. Así que por favor, no le hagas más caritas bonitas que solo eso necesita para caer rendido en tus brazos.

2) Las decisiones de papá y mamá deben ser una y mantenerse en cualquier batalla, léase berrinche. Me declaro culpable, a veces, por caer en el terrible juego de la lágrima. El llanto puede estrujar mi corazón como una esponja. No puedo hacer nada contra ello. Y me dejo caer. Lo hago poco, eso sí, pero lo hago. Debo ser como todo padre: hipersensible a los llantos. No digo que las madres no lo sean, pero hay algo que ellas saben hacer bien y eso es elegir cuándo es momento de tirar del freno de mano para, con ello, dejar clara la enseñanza. Me pasó con mi madre, me pasa al ver a mi hija, entiendo que es así.

Grandes tareas. Grandes misiones y, a la vez, tan poca predisposición a no ser más sometido a cinco grandes años de dictadura llamados Catalina. Una parte de mi lucha a diario con la culpa de no estar para ella al 100% (la otra simplemente tiene la certeza de que se volvería loca al hacerlo), de tener un trabajo que la apasiona y le permite construir lo que vale la pena y destruir lo que se merece. Esa parte crece cuando viajo, cuando debo pasar más horas frente a cámaras o en una isla de edición. Y entonces la culpa, que jamás es resignación, se vuelca en ella los domingos y lunes, cuando aprovechamos para estar más juntos que nunca.

Gran misión la mía de no sucumbir a la culpa. No soy un padre perfecto y menos aún cuando siento culpa. Porque la culpa está, está en cada padre o madre, está en estos tiempos donde lo que falta es tiempo, lo sentimos a diario o cada noche, antes de dormir.

¿Qué hacer en estos tiempos, en estos cinco años, cuando lo que viene empieza ya a ser el camino cuesta arriba de toda vida: una pequeña que pronto empezará la primaria, los problemas, los temores, los enamoramientos, las batallas, las victorias, las lágrimas?

Mientras me preparo mentalmente para ofrecerle, de a pocos, en dosis, mi lado real -el del padre que cuando está lúcido lanza consejos simples sobre la vida y sus caminos-, pienso en todo esto. Me abrumo. Me abruman dos tareas que parecen tan sencillas, pero no lo son. Las grandes batallas en la paternidad están hechas siempre de bruma. Curioso que un niño o una niña nos enfrente a tanta realidad de un solo porrazo.

Tengo tareas en casa.

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Publicado en: Tips

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