En blanco y negro

El último gran reto en la crianza de Catalina llegó hace unos días en la forma de 64 cuadrados blancos y negros: el ajedrez.

Y no, el problema no tuvo que ver con el juego, ese monstruo de reglas y estrategias que ni ella con cinco años ni yo con 37 entendimos o quisimos entender. El problema, si se lo puede llamar así, fue cuando se dibujó frente a mí esa delgada y dolorosa línea gris que separa la risa del llanto, es decir, entre ganar y perder.

¿Debía ganar yo o debía hacerlo ella? ¿Es mejor dejarme ganar o dejar que haga “movimientos” imposibles para comerse mi torre, mi reina o mi caballo? ¿Era mejor dejarla crear sus propias reglas o había que recordarle a cada rato lo que no está permitido en este juego francamente complejo para ambos?

Sentí, así, que no quería herir a mi hija con el peso de lo “real” -sobre todo porque es tan niña y pequeñita y frágil y sonriente-, el peso de las reglas que nos implanta un juego donde hay que pensar mucho y, a veces, casi siempre, muy rápido. Y entonces elegí. Desde aquella vez, vengo perdiendo con la felicidad de quien se sabe ganador, no del juego, sino de esa alegría tibiecita que sale de su boca cuando me dice: “Jaque mate”.

Ella no lo sabe, pero en terapia otro fue el cantar. Allí planteé mi preocupación en voz alta. ¿Estoy haciendo bien al dejar que mi hija de cinco años me gane? ¿Podría acaso estar afectando su desarrollo al plantear victorias que no son, en estricto, reales? ¿La estoy acaso acostumbrando a ganar siempre sin pensar que esto, en el mundo frío y duro, no ocurre tan fácilmente?

Recibí como respuesta algo que quizá, en el fondo, intuía: que Catalina, en vez de amarrarse a una serie de reglas, se permitía conmigo jugar en libertad, trabajando con ello recursos que tienen que ver más con la diversión e inclusive atrapando una sensación indescriptible: la de sentirse omnipotente porque ¡qué maravilla debe ser eso de ganarle a papá! “Ya luego descubrirá lo que es perder y lo que debe hacerse para jugar bien”, fue lo que me explicaron.

Descubrí, de paso, dos conceptos de un psicoanalista (Winnicott), ‘Game’ y ‘Play’: el primero habla del juego como una estructura con reglas; y el segundo abarca más la aparición de la persona dentro de una experiencia, su forma de vivir en ella, el estado en que el juego ocurre. En el segundo no parecen haber reglas, es más el momento en sí. Parece complejo, pero no lo es.

En casa, por cierto, estas dos ideas parecen convivir en la figura de la madre y el padre y las noto ahora en el ajedrez -algo que, a criterio de mi terapeuta, está bien-. Son los dos lados de una moneda: la parte racional en la madre y la instintiva en el padre. Yo soy juego, mientras que Pao es organización. Yo me introduzco en sus deseos, y mamá la invita a ser parte de sus actividades. Papá se deja llevar, mamá lleva. Lo bueno es que, en todo ello, ambos observan y acompañan.

De cada tres juegos, pierdo dos; de cada tres juegos con su madre, Catalina pierde dos. Yo me pierdo en los movimientos, no sé aún muy bien qué es un enroque; mamá le dibujó un día una hoja con todo eso y Catalina la revisó tanto que ya la memorizó. En el desayuno, almuerzo y cena jugamos ajedrez. Y en medio de todo ello, también.

¿Puede haber algo más bonito que observar a tu hijo hacerse gigante al gana la partida más difícil -y al mismo tiempo, más fácil- del mundo con papá? No lo creo.

A todo esto, ¿alguien me explica qué es el Mate Pastor?

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Publicado en: Tips

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