A papá le duele la cabeza

A papá le duele la cabeza.

Le duele no hoy, ni ayer, sino desde hace tres semanas. El dolor es intermitente y difícil de explicar. Es algo profundo, lo sé. Por una parte, viene del cansancio que arrastro a causa del trabajo; y por otra… no sé… creo que una parte de mí está emocionalmente exhausta. En estas tres semanas, varias noches he despertado y he pensado mucho. Son los problemas de siempre y quizá no sean tan duros ni profundos ni la luz esté tan lejos ni deba pensar tanto en la muerte o en cosas oscuras. No debe ser tan difícil volverse a dormir, pienso. Me equivoco.

Años atrás, cuando tú aún no estabas aquí, Catalina, sufrí ataques de pánico. Una noche frente a una computadora, intempestivamente, empecé a sentir que me moría, a sentir que estaba a punto de tener un paro cardíaco y se lo dije a tu abuela y ella de inmediato me llevó a una clínica. La sensación ya no la recuerdo, pero entonces fue como si estuviera a punto de perder la vida. Esa noche me inyectaron un calmante y lloré mientras el médico me exigía ser fuerte. “No es justo que siendo tan joven te ocurra esto”, me dijo.

Hoy me levanté pensando en lo difícil que ha sido crecer, en lo mucho que deseo un descanso, en lo gracioso e irónico de la vida: siendo niño quieres ser adulto y luego ya ves… un día la vida todo te golpea allí arriba.

A papá le duele la cabeza. Tú no lo sabes, claro. Hoy hemos jugado e incluso te has reído más de lo usual, y me has hecho reír también más de lo usual. Luego hemos dado un paseo, tú cargando dos muñecas, y hemos jugado en un restaurante y has jugado también un rato sola mientras comíamos un postre. Hoy no he ido a jugar fútbol: mi cuerpo no daba para más. Hoy abracé al perro y me quedé dormido un rato en la mañana. Sentí náuseas. Volví a dormirme luego de almorzar con tu abuela. Tengo un amigo que en sus ratos libres lo único que hace es dormir. Me parece, claramente, un síntoma de depresión. ¿Puedo ser padre y permitirme, también, la depresión?, me pregunto.

¿Por qué tendría que hacerlo?, sigo. ¿He estado así alguna vez y, si lo he estado, ha ocurrido alguna vez estando ya tú aquí? ¿Podría permitirte consolarme sin que tú sepas lo que realmente me ocurre?

Así somos los padres a veces: vemos un universo de cosas horribles en un pequeño vaso de tonterías. A mí, ahora lo sé, esto de la adultez me ha golpeado mientras te he visto crecer. Adoro ver cómo aprendes cosas y reniego cuando no lo hago. Sí: porque trabajo, porque tengo cuentas que pagar, porque mis horas no cubren todo lo que debo hacer. Rayos. Es cierto lo que sentí esta mañana: a los 37 años, estoy sintiendo el peso muerto de tener 37.

Hace un rato, al cargarte luego del baño, sentí un nuevo dolor, esta vez en la espalda y las pantorrillas. Mi cuerpo definitivamente está hablando.

Juguemos. Necesito más días de juego y menos de estrés y eso. Jugar es lo que nos gusta. Juguemos para que papá no sienta mayor dolor sino apenas gozo. A veces mamá pregunta por qué me gusta tanto estar en casa. Y por qué a ti, pequeña, parece que también. No sé si sea por el aroma a nosotros o porque aquí tenemos todo lo que necesitamos o por la luz que entra por la ventana siempre de la misma forma o por la seguridad que siento al pisar siempre el mismo suelo o por la música que nos hace tanto bien o por el olor de los libros o por la forma en que suenan nuestros pasos corriendo o por el globo que usamos como pelota o porque la sensación de estar aquí y ahora es eso que me basta y sobra para respirar tranquilo.

Afuera, en la calle, todo es salvaje. Aquí dentro sé que puedo encontrarte.

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