Papá 100% libre de tabaco

Hace un año dejé de fumar.
 
Hace un año me enfermé tantas veces de la garganta que sentí que había sido suficiente.
 
Soy periodista y trabajo en televisión. Eso significa que, cada fin de semana, debo contar historias usando mi voz. Eso quiere decir que cada fin de semana, indefectiblemente, debo leer un texto de alrededor de seis minutos luego de haberlo practicado unos diez más. Cada tarde que lo hacía, tenía ya medio paquete o más de cigarrillos en el cuerpo y una garganta irritada cuya molestia creía, ingenuo yo, aplacar con litros y litros de agua tibia.
 
Lo peor no era eso. Lo peor era todo eso que rodeaba el sencillo y estúpido acto de fumar.
 
A saber: los chicles y caramelos que tenía que tener siempre a la mano y en la boca; el dinero que cada semana debía “invertir” en tabaco; los valiosísimos minutos que perdía en medio de la escritura para, sentado en la vereda cerca de la puerta de mi trabajo, alejando con cada bocanada a todo extraño que pasaba por mi costado, intentar “cerrar una frase” o “moldear” el inicio de mi reportaje; y, por último, los minutos que perdía intentando convencer a amigos, conocidos y extraños que ese era el primer cigarrillo del día, cuando en realidad no lo era.
 
Lo peor de todo eso es que no me invadía culpa alguna.
 
Y algo peor incluso que todo eso junto era lo que ocurría, cada madrugada de sábado, al llegar a casa.
 
Los que viven con fumadores lo sienten, menos ellos: ese olor a tabaco y químicos impregnados en la ropa, en la piel, en el cabello. Un olor que ni el jabón es capaz de quitar de tus dedos, aunque lo intentes a la fuerza, con violencia.
 
Esas madrugadas, entrando a la cama, me juzgaba mucho no pensando en mí, sino en mi hija, que dormía junto a nosotros y era, sin querer queriendo, mi pequeñísima y silenciosa víctima. Yo me estaba matando de a pocos y hacía mucho daño. A oscuras, me golpeaba el pecho, le pedía perdón a ambas por eso y a veces, incluso, lograba escabullirme en el mueble de la sala o en su cuarto, en la cama con barandas de madera, que, tonto yo, impregnaba de paso con ese amargo aroma a muerte.
 
Semanas antes de dejar de fumar, una tarde sin sobresaltos, un médico me aconsejó hacerme una radiografía de tórax. Días después, le llevé el resultado. ¿Qué encontraría en mis pulmones, acaso los 20 años de errático fumador podían haberse dibujado ya en ellos? ¿Debía, pues, empezar a preocuparme? ¿Qué viene después de una mala noticia?
 
Pensar en eso me mataba, sobre todo porque dentro de mis posibilidades no veía cercana la idea de dejar de fumar. ¿Podía ser yo tan egoísta como para seguir haciéndolo cuando tenía ya una niña de 4 años que, quiéralo o no, aún me necesita?
 
Al ver las hojas negras, el pareció no inmutarse. Me dijo algo así como que mis pulmones estaban bien, pero que en la parte inferior se empezaban a notar unas venitas cada vez más anchas. No recuerdo si realmente dijo venas. Mi memoria no es buena. Pero me dijo que, de continuar fumando, en diez años estas se iban a ver más gruesas y ahí sí no habría vuelta atrás. “Es el momento exacto para que dejes de fumar”. Así de contundente fue. Quizá mentía. Quizá el segundo después de darle una pitada a un cigarro sea el momento exacto para dejar de fumar. Quizá, consciente de su misión en este mundo, me animaba a seguir sus pasos. “Yo hace 45 años dejé de fumar. Fue de un momento a otro, no lo pensé”, dijo. No sé tampoco si exactamente dijo 45 años.
 
Me fui de allí con esa idea en la cabeza. Luego vendría la enfermedad de la garganta. El dolor me acompañó todo nuestro viaje familiar a Disney, allí, en esa ciudad donde el aire acondicionado es tan fuerte que a veces hasta te da frío, donde todo lo sirven con hielo y donde nunca pude tomarme una cerveza para sentir que, de veras, eran las vacaciones que había buscado.
 
Fue allí, en medio de todo eso, que lo sentí. Era el momento. Estaba enfermo y la idea de volver a fumar se había vuelto, de pronto, una fobia. Entonces, empecé a adaptarme a esa fobia, a convertirla en una horrorosa imagen, como si el dolor de garganta se debiera solo al tabaco y jamás fuese a pasarme. Y, de paso, mi cabeza empezó a pensar cosas buenas: en la idea de no llegar más a casa oliendo a cigarrillo, en no perder más minutos valiosos explicando tonterías, en no perder más vida aspirando muerte en vez de oxígeno.
 
Confieso que los dos primeros meses fueron desastrosos. La ansiedad, sin quererlo, me golpeaba todo el tiempo. Empecé a comer bolsas y bolsas de maní sin parar y tomé muchas gaseosas (un vicio que casi está extinguido), subí de peso muy rápido y hasta llegué a sentir que mis reportajes estaban incompletos porque faltaba aquella frase que brotaba sorpresivamente del alquitrán inspirador.
 
Durante dos meses, enloquecí de a pocos.
 
Luego de esos dos meses, volví a nacer. Empecé a pensar que había hecho lo correcto, la ansiedad disminuyó y luego desapareció y dejé de disfrutar del más débil rastro de humo de tabaco que hallaba en el aire. No miento si digo que empecé a ver los días distintos, mejores. Si antes había actuado como un suicida, hoy volvía de mis cenizas.
 
Y claro: lo mejor de todo eso fue que mi hija tenía, al fin, un padre 100% libre de tabaco.
 
¿Cómo pude pasar 4 años a su lado sin que la culpa me terminara devorando? ¿Por qué había sido capaz de agredirme así? Hoy siento que que lo conseguí gracias a ella. A veces es necesario que otra que vida, aquella vida sobre la que has decidido vivir, te muestre el error que, sin querer, atraviesas. Así de fácil.
 
Parece increíble, pero es poner freno y ya. El tiempo se encarga de que todo vuelva a su estado natural.
 
Hace un año sentí que era suficiente.
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