Postal de kermés

El escenario es el colegio. La situación: la kermés anual. El día y la hora: sábado pasado, algo más de las 4 de la tarde. En un pabellón hay tres juegos inflables y, sobre ellos, muchos pequeñitos saltan y ríen y gritan y se cansan aunque vuelven a la carga casi de inmediato. Uno de ellos es mi hija, que, junto a un compañerito, hacen por segunda vez la cola para subirse a uno de ellos. Ambos tienen la cara sellada por la ilusión. Niños. Son niños. Lo único que yo espero de ellos es que jamás pierdan la ilusión.

Mientras mi mujer conversa con la mamá del pequeño, me dedico cautelosamente a observarlos. Sus ojos brillan, su inocencia brilla. Su mayor alegría es saltar. Con energía intentan descubrir en los inflables una nueva manera de salir volando. Miro a mi hija como siempre: completamente enamorado. El amor de padre que me hace sentir que estoy a punto de explotar.

Entonces, la imagen de metros más allá me golpea.

Tendrán, a lo mucho, 14 o 15. En el lugar donde hace unas horas hice cola para cambiar billetes por papelitos, está ahora el grupo de jovencitas que, al igual que mi hija, sonríen y brillan en dosis similares. También cuchichean, miran sus teléfonos, miran a todos lados, como esperando algo. A alguien. Todas van arregladas, aunque nada estrambóticas: tienen los labios pintados, las pestañas rizadas, cargan una carterita diminuta o una mochila con pequeñas tachuelas. Ninguna intenta parecer mayor. En algo, eso sí, todas son iguales: nadie voltea a mirar a los inflables. Sus ojos se pierden en cualquier lado, menos en ellos.

Veo a mi hija, entonces, pasar por mi lado de la mano con su compañerito. Me remuerde la conciencia cada vez que me imagino como un padre celoso, pero no puedo evitar sentir ternura al ver a ese par yendo así a otros juegos. Son niños y quizá las jovencitas de allí también lo son, aunque ahora es cuando empiezan a negarlo. Y a renegarlo. Así es la vida.

Mi esposa, su amiga y yo, seguimos a los pequeños. Catalina y su compañerito son iguales en algo también: ninguno voltea a mirar a las estudiantes de secundaria al pasar por sus lados.

El aire frío del último sábado de invierno no da tregua y ya se sabe que el frío es perfecto para la nostalgia.¿Seré capaz, dentro de algunos años, de contarle a mi hija que alguna vez ella pasó una tarde jugueteando con sus amiguitos allí donde me pedirá, quizá, que la deje sola con sus amigas y me vaya a casa?

(Y probablemente me pida que la recoja en la noche. Y probablemente yo acepte).

¿Podré yo convencerla a ella -y, de paso, a mí- de armar ese rompecabezas de recuerdos que es la vida de una hija pasando por los ojos de su padre? ¿Será capaz de entender cuán fuerte es el amor y cuán rápidos han sido estos cuatro años a su lado y cuán cierto era eso que me decían de disfrutar a mi pequeña todo lo humanamente posible porque el tiempo va a pasar volando?

Mi hija pasa sin ver a las jovencitas en las que ella y sus amigas algún día se convertirán. Vas a crecer, Catalina, vas a empezar a olvidar que alguna vez fuiste una niña y es posible que incluso creas que jamás lo fuiste, pero mi cabeza te buscará así: pequeñita, tierna, con apenas pizca de malicia, sin el cansancio que ahoga a los adultos, sin la pena que a veces nos atraviesa. Vas a crecer y vas a olvidar que alguna vez fuiste niña. Así es la vida.

Pero aquel sábado, sin embargo, tendré la certeza que, en vez de entrar al salón que al caer la tarde convirtieron en minidiscoteca, preferiste ir conmigo de la mano, pagar cinco soles, sacar un papelito y llevarte de la tómbola una máquina de plástico para hacer helados que adoraste con el alma, mi amor.

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Publicado en: Tips

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