¿PAPÁ, QUÉ ES ESFORZARSE?

Hacía días que mi hija me contaba cómo, al finalizar la jornada, algunos de sus amigos del colegio recibían una medalla de la profesora y luego me lanzaba la pregunta, confundida: ¿papá, por qué a mí no me dan una medalla?

¿Les ha pasado que el rostro triste/teatrogriego/quierounabrazo de sus hijas simplemente los desmorona y entonces quieren correr a comprarle una medalla para acabar de una vez con su congoja? Me ocurrió, aunque pronto me volví a armar y, ocultando la ternura en una voz seria, le pregunté qué hacían sus amigos para que la profesora se las diera. Con la lengua un poco confundida entre la boca (porque a veces, aún a sus 4 años, algunas cosas son simplemente ininteligibles), me dijo, primero, algo que seguramente ella no entendía, una palabra rarísima. Luego de unos segundos y un par de repeticiones, comprendí cuál era: esforzarse.

– ¿Cómo hago eso? -me preguntó.
– ¿Qué, corazón? -le respondí.
– Esforzarse…

A veces es muy difícil para mí definir una palabra y esta se me hizo bastante más difícil que el resto. Catalina, sin más, pensaba que era algo que había que crear, una cosa. Entonces, al ver lo que había encima de su mesita roja, se me ocurrió plantearlo desde su experiencia más cercana. Catalina quería pintar, entonces pintamos.

– ¿Ves cómo a veces, cuando pintas, el color se sale del círculo de donde hay que hacerlo y mamá y yo te decimos que tienes que fijarte bien para evitarlo?
– Sí -me dijo.
– Bueno, eso suele pasarte, pero ahora quiero que intentes no salirte del círculo y pintar tranquila, sin apurarte. Disfruta pintando porque pintar es divertido -continué-. Así que ahora vamos a hacerlo así, ¿ya?
– Ya -respondió.

Y lo hizo. Cogió el plumón, dejó de hablarme y se concentró en pintar la tortuga de la foto que acompaña este texto. Mientras, yo la observé y me alegró lo que vi: a mi hija atravesando, ella misma, un problema gracias a una explicación que exploró lo que ella más conocía, lo que ella tenía cerca, a la mano. Lo entendió, lo puso en práctica y en unos minutos había coloreado casi todo bien. Cuando se salía, me decía “uy”. Y yo: “Tranquila, no pasa nada, intenta hacerlo como quedamos”. Ella volvía a bregar.

– ¿Ves? -le comenté-. Cuando hacemos algo como la profesora nos lo pidió, nos hemos esforzado para hacerlo bien. Quizá, si tú haces eso, puedas ganarte la medalla. ¿Quieres ganar esa medalla?
– Sí, papá.

Le dije que estaba seguro que la conseguiría pronto. Que si se esforzaba, como se lo pedía la profesora, lograría recibir su medalla. Catalina pareció leer mi emoción. Amo esos pequeños momentos de iluminación tan terrenal en que me parece que ella y yo crecemos un poco. Que una situación nos permite descubrir no solo la idea que encierra una palabra, sino también una experiencia que nos enriquece y que quizá ella, sin saberlo, conserve el resto de su vida.

No sé si lo expliqué bien o mal, realmente, o si acaso sirvió de algo para lo que ella quiera lograr. El caso es que allí estuvimos ambos y conectamos. Con eso basta.

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