FORMAS DE CONTENER

En la foto estamos mi madre, una de mis tres hermanas y yo. El coche en el que estoy muestra el encantador ingenio de antaño: una forma nada bonita de servir a un propósito puntual. En este caso, almohadas que me rodean para contenerme y evitar que mi cuerpo endeble se filtre por alguna rendija. Mi madre, por encima de todo, ha encontrado la manera perfecta de asegurarme en lo que fácilmente hoy podría ser un carrito de supermercado. Tres hijas grandes, 36 años, la sonrisa intacta hasta hoy. Su mano, enorme, acaricia mi mano. Sus ojos no me miran: parecen atravesarme. Ella se ve feliz. Yo luzco aturdido.

Creo poco en los regalos, pero yo, 36 años, siento haber heredado la sonrisa de mi madre, su particular timidez, su particular forma de lucir siempre en estado zen, aún cuando casi nunca lo esté. No he heredado demasiadas cosas suyas, creo, salvo su sonrisa. Lo confirmo las pocas veces que me veo en las fotos de amigos.

Regreso a una tarde de verano de finales de los ochenta a uno de aquellos rituales que mi madre me regala sin saberlo. Esa tarde de domingo (y sé que es domingo pues tengo en la piel la ansiedad de saber que al día siguiente debo ir al colegio), como otras tardes de domingo, ella ha salido a regar sus plantas y el aroma que brota de la tierra caliente humedecida llega a mi nariz en la forma de un beso. El olor se convierte en memoria. Se queda, también, pegado a mi piel. Ahora mismo puedo ver a mi madre dibujada a contraluz, lejana y hermosa, sin saber que yo estoy allí, admirándola, extrañándola, descubriéndola. Sin saberlo, ya lo digo, mi madre ha sido capaz de convertirme en un hombre al que definen unos cuantos retazos de su pasado.

Mi madre, que no es cualquier madre, ha sufrido, ha vivido, ha llorado, se ha ido y ha vuelto, se ha vuelto a ir y ha regresado una vez más. Lo ha hecho porque el corazón siempre regresa. Sabe lanzar miradas como espadas y también regalarme apodos que solo yo recordaré porque son cursis pero son suyos, son míos, son nuestros. He sido niño, pero cuando estoy cerca a ella vuelvo, a veces, a ser un niño otra vez. No lo niego: lo disfruto a más no poder.

Con mi madre he hablado mucho y, como siempre, como sucede con los amores verdaderos, ha sabido siempre defenderme, protegerme, contenerme. Aún en las situaciones más complejas, una palabra suya bastó para sanarme. También sabe llorar, mi madre. Y gracias a ello he aprendido a comprender las lágrimas, a no sorberlas, a dejarlas caer, libres, inmaculadas.

Una noche de hace muchos años mi madre cayó enferma y yo me convertí en su protector. La cuidé, le di muchas pastillas a las horas que debía dárselas, hablé con doctores sobre su mejoría, sobre las opciones que había si algo se complicaba. Tenía 16 años. ¿Qué sabía yo a esa edad de cuidar a alguien, yo, a quien, por sobre todas las cosas, siempre contuvieron? Una parte de mí cree que durante 16 años me había alistado para cuidar de esa mujer adolorida. Luego de eso, estoy seguro que fui otra persona. Quizá alguien más duro, quizá alguien más simple. Mi madre quizá no lo sepa, pero guardo iguales dosis de miedo y orgullo por aquel mes que pasamos prácticamente encerrados en un hospital.

A veces me ocurre esto con las fotos: veo una y explotan los momentos, las sensaciones. Me veo sometido al amor en esa imagen que cada vez más pierde el color y me veo una tarde llegando del colegio y a mi madre sorprendiéndome con un trompo recién comprado. Lo consiguió en la ferretería. Lo compró a pesar de que yo había perdido el mío el día anterior. A pesar de su molestia y del resondrón, mi madre decidió evitarme el vacío material, sin saber que estaba llenando, con gestos así, esa bolsa que late: mi corazón.

¿Dónde está mi madre ahora? Mi madre no es solo la que quedó sellada en esa foto a los 36. Hoy es igual de hermosa y simple y sabia y conoce, porque mi madre lo conoce todo, la forma exacta de contenerme, de responder a mis preguntas, de hacerme sonreír. Algún día, ella y yo entenderemos que todas las cosas que hicimos juntos las hicimos porque así estaba escrito.

Permítanme, ahora, suspirar.

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