Bajando la velocidad

Un mes entero nuestra vida giró alrededor de Catalina. Fue, específicamente, el primero de ellos y casi no salimos de casa, casi nadie nos vio y casi nadie, salvo las abuelas y las tías, nos visitó. Era febrero de hace cuatro años. Hacía mucho calor. Aquellas cuatro semanas fueron potentes. No las cambiaría por nada. Es más, a veces, incluso, las extraño. Aprendimos a no dormir, aprendimos a admirar, aprendimos a cuidarnos. Ella era nuestra profe.

Siete meses después de ello, renuncié a mi trabajo. Era un trabajo estable, relativamente bien pagado y que me permitía estar varias horas para Catalina. Pero yo quería más. Sobre todo, quería crecer y crecer significaba entonces convertirme en el padre que soñaba. Uno a uno, evaluamos los pros y contras y, finalmente, opté por volverme independiente.

“Los padres ahora quieren estar más presentes, compartir la crianza, no brindar ayuda”. Esta frase de un interesante artículo resume un poco la idea de muchos hoy: la de no ser solo un acompañante en el ejercicio de la crianza, sino también un gestor, un aliado, aquel que (en mi caso y espero no estar errado) le enseñó a mamá cómo cambiar un pañal y lideró el equipo (de uno) de las compras semanales, aún cuando no tenía idea de lo que hacía. El que, en plena oficina registral, votó a favor para que Catalina llevase un segundo nombre; aquel que pasaría algunas muchas mañanas con ella durmiendo sobre el pecho, oyendo música, descubriendo en cada respiración el concepto de la belleza.

Pienso en cómo, sin querer, bajé las velocidades del auto de mi vida para disfrutar de todo lo que soy: periodista, ser humano, padre. Decidí ir más lento para no perderme de nada. Todas las etapas, buenas y no tan buenas, me han llenado de sabiduría simple, una sabiduría que ningún libro podría plantear mejor.

Conozco a otros padres que logran incluso cosas mayores: mudar su oficina a casa y compartir reuniones de trabajo con papillas y canciones infantiles. Todo por amor. Manejando los tiempos, pero sobre todo la vida, padres (entre los que me incluyo) somos ahora un poco más felices. ¿Hemos hecho lo correcto? ¿Podríamos perder muchas cosas mundanas a cambio de unos minutos más con nuestros pequeños? No lo pensaría dos veces.

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