Ramón (o cómo los perros que llegan a casa nos hacen más sabios)

Bobby, así se llamó mi primer perro. Yo tenía seis años, o quizá cinco, y mis recuerdos de él son pocos. Yo, en cambio, para él debo haber sido una pesadilla. Y es literal: la primera vez que lo vi, lo perseguí tanto que terminé aislándolo, tembloroso, detrás del sofá de la sala. Por entonces vivíamos en una casa enorme, con todas las comodidades que una mascota podía gozar (áreas verdes, patios, un barrio con bastantes parques) y, aún así, Bobby acabaría pronto sometido a un destino injusto: desplazado a un techo solitario, sin casi ver la calle salvo cuando se alzaba en dos patas a observar desde el cuarto piso, o cruzando la puerta de casa únicamente para intentar escapar (cosa que lograría al final de sus días).

Luego vendría Ramona, una hermosa perrita peruana sin pelo que me acompañó en mis primeros y difíciles tiempos viviendo solo y que, por una serie de razones, luego debí dejar ir. En mi cabeza la mayor certeza que tengo de aquella partida fue la pena que sentía al dejarla sola. Hice todo lo posible por hacerla sentir bien: despertaba muy temprano para dar largas caminatas y salía muy tarde para lo mismo, la eduqué con un señor, mis días libres estaban dedicados a ella. Pero aún así era complicado. Me parecía, simplemente, injusto que no tuviese compañía durante el día. Ahora entiendo que algo de Bobby hubo en la decisión de decirle adiós.

A Ramón lo conocimos un día de mayo del año que se fue. El pequeño tenía apenas 45 días de nacido y, al verlo, nos reveló todo lo que era (y es): un caballerito silencioso, juguetón y a la vez muy independiente, amoroso pero cauto, con la distancia propia de quien se sabe querido y no se aprovecha de ello. Bueno, al menos me gusta pensar que él lo siente así.

Catalina lo eligió e hizo lo mismo con los nombres que le dimos por opciones. Luego de la natural excitación por tener un nuevo “hermanito”, la pequeña pareció olvidarse de él por completo y, cuando lo hacía, luchaba por recuperar nuestra atención a como diese lugar. A veces, incluso, tomando del brazo a cualquiera para que, en vez de acariciarlo a él, lo hiciéramos con ella.

Algo, sin embargo, ocurrió en esos primeros días. Me aventuro a pensar que, por primera vez, nuestra energía, que hasta entonces estaba enteramente dirigida a ella, pareció bajar su intensidad y moverse hacia el nuevo compañero. Recuerdo que me asombraba ver cómo de pronto, de necesitar siempre a uno de los dos para jugar, Cata se sentaba a jugar tranquila mientras sus papás celebraban las travesuras de su cachorro.

El solitario proceder de mi hija duraba poco, claro, pero yo lo interpreté como lo que era: una energía que había dejado de ser intensa hacia ella, en todo el sentido de la palabra, y que ahora podía compartirse con un segundo “hijo” sin causar mayor alboroto.

Ramón llegó a casa para enseñarnos muchas cosas. Es un luchador con una valentía inquebrantable (y sé por qué lo digo), es un niño que siempre tendrá dos años y nos mantendrá, felices, en esa etapa que tanto nos fortaleció como papás; es un perro que ha aprendido a acompañar a esta familia ajetreada y que sabe cuando despedirse sin perder la cordura, solo esperando una galleta; es un reloj suizo con un hambre implacable, pero que reconoce sus espacios y los nuestros y eso implica también nuestras emociones; es un pequeño que, a los pies de nuestra cama, noche a noche, nos mira antes de tumbarse en la suya y alistarse para su último gran movimiento: un suspiro que anuncia el merecido descanso.

Ahora entiendo que tenían que pasar todos estos años para conseguir una especie de (para bien o mal, con aciertos y errores) ganada sabiduría. Ramón es, ciertamente, un perro, pero también nos moviliza hacia el amor. Nos enseña. Le enseñamos. Nos da lecciones, más que nosotros a él. Lo guiamos a crecer en libertad, lo mantenemos alerta ante el peligro, observamos cada paso que da en su aún largo camino hacia la adultez. Lo cuidamos, nos cuida. Nos hemos convertido en su familia, y él nos ha hecho una familia más grande. Con todo lo que eso significa. Literal.

 

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