Disney para papás: Consejos inútiles

Finalmente, luego de varias horas, Catalina cierra los ojos y se duerme.

Son las 3 y algo más de la tarde en Magic Kingdom, el paraíso para los niños y niñas que sueñan con princesas y más princesas y Mickey Mouse y Minnie Mouse y el Pato Donald, y también un parque de diversiones no apto para piernas débiles. Es finales de octubre y nuestra aventura de padres engreidores llega a un punto de inflexión, debo admitirlo, gracias a mí. Por primera vez en tres días -dos en parques y uno en un outlet infinito-, pido tiempo fuera, necesito sentarme un ratito, solo unos minutos, solo quiero dejar de pisar un rato. No es que haya perdido la cordura, aunque no me falta mucho para hacerlo.

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Disney es un mundo de fantasía, salvo cuando tienes dos pies hinchados y, a juzgar por los rostros de mis colegas de jornada, aquí somos varios así.

Con la niña dormida sobre el coche, decidimos sentarnos en el suelo. De lejos, sobre un sol abrasador, el castillo se levanta imponente. Finalmente estamos en Disney. Catalina, tres años, un viaje a la playa, un año nuevo en la sierra limeña y, a partir de ahora, un viaje del que, probablemente, cuando crezca, no recuerde absolutamente nada.

Nada, salvo sensaciones.

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(Bueno, todo a su tiempo. Ya nos encargaremos nosotros de contarle todo lo que aquello fue).

(Además, hemos tomado un montón de fotos y hecho un montón de videos, así que al menos el registro está).

Estamos en Disney y no es como lo recordaba porque a decir verdad no recuerdo nada de aquel viaje que hicimos en familia en los ochenta. Tengo pendiente preguntarle a mi padre cómo fue que nos portamos, si es que, una vez más, se cumplió eso de que fuimos siempre cuatro hijos muy tranquilos o si en algún momento perdieron la paciencia llevando a cuatro críos por esos caminos interminables y llenos de carteles y gente feliz. Si es que quisieron matarnos en algún momento del día. Pero estoy seguro de que mi padre no recordará nada. Creo saber por qué. Mi madre me lo ha dicho ya. Con el tiempo, todas esas cosas se olvidan.

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Vivimos, sin embargo, en tiempos más esperanzadores y este blog es el lugar perfecto para tatuar en una pantalla lo que esa travesía de ocho días significó para nosotros.

Así que trataré de resumir un viaje maravilloso en algunas ideas sueltas, pues creo que es la mejor manera de hacerlo para, finalmente, armar el rompecabezas de sensaciones, alegrías, cansancios, aburrimientos y desesperaciones que es viajar al lugar más feliz de la Tierra.

  • El aeropuerto de Orlando es una pequeña gran ciudad con muchas tiendas, gente caminando en fila como si visitaran un museo de la mano de un guía, gente apurada y otra muy tranquila, salas, muchas, demasiadas salas a las que hay que prestar mucha atención y, finalmente, un tren que es la mitad de un largo camino entre que bajas del avión y dejas el lugar.
  • Puedes manejar con la licencia de conducir peruana. A nosotros una buena amiga nos prestó su carro, pero también puedes rentar uno. Manejar no es difícil: la gente allá respeta las reglas. Eso sí: en un cruce de cuatro sentidos, el que llega primero es el que pasa. Orden, siempre respeta el orden de llegada.
  • En los viajes siempre debe haber un líder y, en el caso particular, ese líder es siempre mi esposa. Sencillamente hay algo que me aturde en los viajes y es mi incapacidad para organizar un día completo. Quiero decir: en cada viaje de placer debe haber siempre un orden. En Estados Unidos, sobre todo, los días quedan muy cortos.
  • En esa línea, fue buena idea intercalar los días de parques con los días de compras. Así, tanto niños como adultos pueden disfrutar y las interminables rutas de Epcot Center se antojan menos suicidas. Un tanto menos.
  • Aunque probablemente ya lo sepan, alisten, enceren y pulan sus tarjetas de crédito. En el estado de felicidad que te pone esta ciudad quizá no te des cuenta que en aquella primera tienda a la que entraste, gastaste la mitad de tu sueldo. O más. Solo en la primera tienda.
  • Clave para tener en cuenta antes de salir a cualquier lado: lleva botellas de agua, snacks que no se dañen con el calor (nada fresco como frutas partidas, a menos que lleves algo para mantenerlo así) y una batería para cargar teléfonos. En Disney todo cuesta el doble y en el camino que nunca para que es la visita probablemente debas comer al vuelo. En el ingreso a los parques revisan tu maleta, pero no te quitan ningún alimento.
  • Si tu hijo o hija necesita coche, tienes dos opciones: o comprar uno de 15 dólares en Walmart o llevar el tuyo. Los vuelos que no son low cost deberían dejarte llevarlo como equipaje de mano sin ningún costo (lo dejas en la puerta del avión y alguien te lo regresa cuando llegas a tu destino). Si no haces esto, puedes alquilar un coche en los parques, pero cuesta entre 10 y 15 dólares el día.
  • Espera todos los días un clima cambiante. Por ejemplo, el primer día el sol fue incontrolable y al día siguiente decidimos salir ligeros de ropa. Mala decisión: apenas cruzamos la puerta, nos sorprendió un viento helado. Ahí supe por qué es importante para un noticiero matutino estadounidense tener un hombre del tiempo hablándote cada cinco minutos.
  • Lo que te han dicho es cierto: hay colas para todo. Lo confirmarás bajándote la App de Disney World. En cada juego de los parques aparece, en una tierna nubecita, el tiempo de espera para el ingreso. Una hora como máximo. 15 minutos mínimo. Eso sí: hay diferencias entre parques. Yo, por lo menos, lo sentí así. Magic Kingdom es realmente abrumador, allí puedes hacer una cola de una hora para que una princesa se tome una foto contigo. Un minuto fugaz pero sencillamente abrumador para tu hija y, claro, para ti también. Su felicidad es tu felicidad. Su cara de encanto lo vale.
  • Sigamos con lo de las colas: había oído mucho sobre las esperas y los hijos que no las aguantan, pero mi experiencia fue algo distinta. El tiempo, para mí, se pasó volando y en algunas atracciones incluso te van “introduciendo” en el juego: te llevan por una sala donde hay cosas de Frozen antes de conocer a Elsa y Ana, o te muestran cortos de los Minions antes de subir al juego. Eso, indiscutiblemente, hace que la experiencia no sea tan aburrida.

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  • En los parques que visitamos (Epcot, Magic y Universal) hay Wifi libre, y creo que así ocurre con el resto, así que eso te ayuda a mantenerte informado.
  • Intenta convencer a tu hijo de que los juguetes que venden en los parques no son tan buenos, aunque lo sean. Es probable que fuera de las atracciones los encuentres a un menor precio. Pero ya sabes, si no puedes luchar, ¡al menos disfruta del juguete!
  • Todos los juegos a los que te subes son espectaculares. Desde el más pequeño y simple hasta el más fastuoso. ¿La razón? Saca el niño o niña que llevas dentro, te hace vivir por un instante aquella infancia que creías perdida. Si a eso le sumas el hecho de que tu hijo o hija parece igual de excitado, pues ya está: viaje pagado.

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Media hora después, con el ruido del show que hace un rato vio en el estrado del castillo de Cenicienta, Catalina despierta. Lo hace asustada, pero sabiendo ya lo que viene: Mickey, Minnie, Donald, Elsa, Ana, Princesa Tiana, bailarines, música y, al final, fuegos artificiales breves pero maravillosos. Ella sabe lo que viene y Pao y yo sabemos por qué estamos aquí. Mis pies siguen hinchados, pero eso ya no importa.

 

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