El mejor regalo de Navidad

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El mejor regalo que recibí en la vida ha sido una guitarra y me la regaló mi padre. Probablemente me la dio en la Navidad de 1994, el año en que murió Kurt Cobain y yo dejé de ser un niño. Hoy, en el pasadizo de mi casa, exhibe, en silencio, su vejez: está despintada, rayada y con polvo que quizá no pueda nunca sacar aunque así lo quiera. Aún así, es hermosa. Tiene aún todos los stickers que alguna vez le pegué: uno de una bombilla, uno de Lou Reed, otro de Radiohead y uno que dice Down y que tiene una flecha que apunta hacia arriba.

Mi padre me la dio porque aquel año le conté que quería hacer una banda. Christian sería el baterista y Guillermo, el bajista. Solo seríamos tres. Quién sabe por qué, mi padre me hizo caso. Estoy seguro que no tenía idea de que me gustaba la música, ni tampoco sabía qué grupos me gustaban o si a veces soñaba con pintarme el pelo de verde para parecerme al cantante de Greenday. Solo lo hizo, apurado quizá por el deseo de su cuarto y único hijo hombre. El esperado, aquel con el que llevaba durmiendo, intempestivamente, más de tres años en la misma habitación. Aquel niño que se había hecho hombre observando la peor película de su vida: la de la separación de sus padres.

No sé por qué lo hizo, pero lo hizo. Esta noche en mi radio suenan Nirvana, Jeff Buckley, Pearl Jam, Metallica, Blur. Esta noche suenan los Cranberries más tristes y una que otra canción que puede hacerme bailar. Recuerdo cada una de las tapas de los discos compactos que por aquellos años compré, y hoy atesoro. El aroma de los libritos que traían dentro, con las letras imposibles de descifrar porque para entonces era muy difícil entender algo, vuela ahora sobre mi nariz. Es una noche de diciembre. Faltan dos días para Nochebuena. He decidido escribir esta historia porque probablemente esté ajustando cuentas de alguna manera.

No puedo evitar cambiar las canciones para sentirme dentro de algún momento preciso. Ahora invade esta sala el ruido de “Cherub Rock”. Sobre la noche que cae en Lima, una tarde en Bogotá, con amigos adolescentes que me animan a ver “La naranja mecánica” y me intrigan con sus conciertos en los que hay pogo y hierba, también cae. Definitivamente no pensé que esto pasaría alguna vez por mi mente. Que volvería. Pero así es la memoria: viene a saldar deudas en el momento indicado.

Mi padre y yo tenemos una larga historia de conflictos. No fuimos, de ningún modo, el padre e hijo que peleaban, abiertamente, a los gritos; llevábamos, más bien, o al menos así lo creo, una guerra en silencio. Yo crecí en Bogotá en los noventa mientras mis padres peleaban, se amistaban y volvían a separar. Yo crecí en una Colombia azotada por la violencia y en la que el día que murió Pablo Escobar metieron a sus casas a todos los chicos que jugaban en el parque. Yo crecí, pero tal vez no crecí. O tal vez crecí muy rápido, junto a amigos que hasta hoy recuerdo y que a veces, solo a veces, veo.

Hace más de diez años sigo una terapia intensa para explorar mi pasado y sanar heridas. En la sesión de hoy, la historia de cómo esta vieja guitarra llegó a mi vida apareció mientras hablaba sobre lo orgulloso que me sentía de mi esposa y de mi hija. De cómo ambas habían logrado cimentar una amistad dulce, tierna y cómplice. Recordaba cuando en la mañana, el primer recuerdo de mi mujer era uno que tenía ella, a veces, con Catalina. Puedo asegurar que su relación es hermosa, pero no puedo saber por qué, acaso, algo así tiene que ver con la de mi padre y yo.

Pero así ocurrió. Quizá fue porque pensaba en el regalo que le haremos a Catalina: una araña de peluche cuyo viaje hasta nuestra casa se lo hemos narrado con tantos detalles que, por ello mismo, se ha vuelto muy, pero muy esperada. Quizá fue porque, como se lo comenté a mi terapeuta, cuando yo era niño esperábamos, cada año, un solo regalo importante. El regalo. Nada más. Y para mí, un año fue un skate, otro una pelota, otro un equipo de sonido y, finalmente, al menos del que más recuerdo tengo, una guitarra eléctrica. Mi guitarra eléctrica.

Confieso que, a pesar de todos mis esfuerzos, no fue un amor a primera vista. En realidad, la banda que habíamos planeado con mis amigos nunca se formó, pese a que tuvimos la batería y un amplificador y éramos vecinos y teníamos todo el tiempo del mundo. La guitarra pasó muchos años sin lanzar una armonía, una nota precisa, porque yo me encargué de olvidarme de ella. Hasta que en 1997 volví a Perú y la soledad me hizo recogerla. Solo algunos meses bastaron para que aprendiera algunos acordes y terminara tocándola noche tras noche, embriagado de la música que había oído años atrás. Todo de oído. Todo a partir de la memoria. Porque la memoria es poderosa y pura nostalgia.

Entonces, me volví adicto a tocarla cada vez que podía. Tengo ahora sobre mi nariz el olor a cuerda de metal, un olor fuerte, mezclado con sudor y piel rota. Horas de horas de guitarra. Horas de horas de canciones que me imaginaba tocando mientras iba en un bus o caminando. Si he tenido una adicción, ha sido únicamente esa: la música que creía tocar mientras soñaba. Una canción de Galaxie 500. Una canción de Charly García. Una canción de Electro-Z. Todas las canciones de Electro-Z. Una canción triste que imaginaba como el soundtrack de una película que descubría. Una canción de Cerati, hoy muerto. Miles de canciones que aún hoy, a veces, mientras mi hija duerme, toco.

“Nutshell”, de Alice in Chains, por ejemplo. Una canción que desmorona. Una canción que me devuelve a esos años extraños, perdidos en mi corazón, recuperados en mi cabeza. Una canción que evoca en mí un conflicto o la tristeza por un conflicto o una batalla solitaria. Una batalla solitaria contra mi padre, contra su figura, contra lo que él representa ahora para mí, que soy padre.

Acepto que luché mucho contra mi pasado y me rehusé, muchas veces llorando, a ser el hombre que él ha sido por tanto tiempo. Acepto que fue duro y que fue, a la vez, como una enfermedad terminal: yo era el tipo que se creía perdido, sin ilusiones, sin esperanzas. Solo que sí logré salir. Logré hacer a un lado lo malo, como debí hacer mucho tiempo atrás, y quedarme con los momentos en los que él y yo estuvimos juntos. Yendo en un bus, por ejemplo, él, a mi lado, durmiendo y yo, mirándolo de reojo con la mirada perdida en la calle. Yendo a un centro comercial para jugar videojuegos. Yendo a un parque a jugar básquet. Yendo con él a conversar sobre cualquier cosa. A escucharlo sin realmente escucharlo porque, vamos, era un adolescente.

Hoy mi padre envejece lejos de mí. Será una Navidad más que no pasaremos juntos. Si lo pienso bien, hace 20 que no lo hacemos. Eso es mucho tiempo y muchos recuerdos desperdiciados. Extraño abrazarlo o que él, quizá atravesado por el licor, me celebre con los ojos rojos y el equilibrio menguado. Extraño su voz a pesar de que algunas veces la escucho. Extraño al chico que alguna vez fui, pero sobre todo, extraño el mejor regalo que tuve en mi vida. Lo extraño porque, entonces, mi guitarra era nueva, brillaba y nadie la había tocado. Extraño, cómo no, el momento aquel en el que le quito el papel de regalo, la saco de su funda y la admiro. Y me ilusiono. Y me ilusiono más porque mi viejo me ha regalado algo que quería sin acaso saber que, muchos años después, yo seguiría pensando en ello.

Hoy ajusto cuentas con lo único que vale en esta, mi pequeña vida: mi pasado.

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