Inspiración

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Me ha tomado un minuto dejar de ver esta página en blanco y empezar a rellenarla y, si hubiera que resumirlo en una idea, así de confusos son mis días de un tiempo a ahora.

Sobre esta mesa, hay dos cosas: una taza de café y un casco; y, alrededor de todo esto, música. Desde hace dos meses soy independiente por la voluntad general de mi corazón y ahora sé que así luce la oficina de un independiente (por la voluntad general de su billetera, cada vez más rala).

Mi horario varía y usualmente es proporcional a mi trabajo principal: papá. Empieza entre las 7:20 y 7:40 a.m., después de llevar a Catalina a nuestra cama para terminarla de desperezar. Heredera del indómito carácter de su mamá, nuestras mañanas suelen ser, gracias a eso y cuando menos, difíciles (cuando más, imposibles): está la lucha por cambiarse el pijama, por lavarse los dientes, por dejar de lado el chupón, por ponerse las botas. En medio de ello, la tele prendida nos envía un mensaje de los dioses en tiempos de on/off. ¿Cuánto de esa máquina boba es suficiente, sobre todo en estas mañanas de toma y daca, y cuánto de ella es pura y santa negociación?

Yo sin nada en el estómago, ella con leche, exploramos dos opciones al llegar a la puerta de la casa: o mi hija puede dejarse llevar (siempre en upa, es decir, cargada) o puede desatarse una guerra superior: “¡No quiero ir al ‘colequio’!”.

Pocas veces ha ganado la batalla, es decir, pocas veces hemos perdido una, por lo que ya pueden venir a darnos el Diploma de Padres Persuasivos Nivel I.

Dejarla en el colegio es una materia que, sin embargo, seguimos llevando. Se trata, para mí, de una pesadilla emocional: ver su puchero cuando me ve alejarse, aún estando rodeada de misses buenas y cariñosas, me rompe el alma, la quiebra en mil, y resucita aquella memoria sentimental que uno creyó que se había ido. No. Allí está, vivita y coleando.

La vuelta a casa es eso, la vuelta a casa.

Ya luego, la mañana se alza nebulosa, porque ser independiente es también estar un poco perdido. Enviar correos, cruzar dedos, imaginar proyectos, imaginar sueldos extraordinarios y aborrecer pequeñas ganancias. Soñar es muy fácil cuando hay tiempo libre.

Termina la mañana y el rito de la comida empieza.

Mi casa está llena de mujeres. Siempre. Desde que yo era niño y mis tres hermanas y mi madre componían ese hábitat natural que era el hogar. El hábitat olía a pasto recién regado, pero esa ya es otra historia u otro sueño.

Termina el rito de la comida y es tiempo de volver al ruedo. ¿Puede llamársele así a este momento? ¿Estoy realmente trabajando mientras escribo sobre mis días y siento que a veces la desesperación puede llegar a ser demasiado?

Hace unos días, en el cuarto donde cada 15 días me encierro una hora haciendo terapia, pensaba en la posibilidad de perder. En una derrota certera, definitiva, que me defina por el resto de los días. Era una imagen apocalíptica, un sueño interrumpido por una pesadilla.

Anoche, luego de 36 horas de absoluta tristeza, caí en la cuenta de algo: ni aún el vacío más oscuro podrá conmigo. Esas tenebrosas imágenes de mi cuerpo dejándose llevar por la perdición se me hacen espectacularmente cinematográficas, pero no probables. Así que durante 20 minutos, en la sala vacía de mi departamento, dediqué una pequeña parte del domingo a hablarme. Y entonces creo que comprendí lo que pasaba. Y aún cuando sea tan íntimo como para contarlo por aquí, está bueno decir, aceptar, reconocer que a los 34 años tu cuerpo se ha partido por la mitad: una de esas mitades está y estará siempre hecha de sueños, y la otra discurrirá por el ambiente más citadino que uno imagine. Por calles, veredas, días y noches y sufrimientos y alegrías. Esa otra parte, vamos, es la parte real. Y tú, Beto, ya creciste. Y quién mejor que tu minúscula hija para decírtelo, siempre, de la manera en que ella mejor sabe.

Esto es, sonriendo.

Siempre.

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