Pánico en una charla para padres

pokemon en el nido

Jueves, muy temprano.

La habitación está casi vacía: somos apenas cuatro personas y la terapeuta, que sostiene un vaso de jugo y sonríe. Mi reputación sigue intacta hasta ese momento. Acabo de dejar a mi hija en su aula y he llegado con el pecho inflado al lugar donde en un rato más habrá una charla. Soy el mejor padre, me digo. Esta vez no ha llorado al dejarla, me digo. Por dentro, sin embargo, estoy molido.

La habitación empieza a llenarse. Yo era el único hombre en el lugar, pero ahora ya somos dos. Dos padres en medio de 13 madres. Vengo por primera vez a la reunión con la psicóloga para analizar “las emociones del niño”. Son las 8 y 40 de la mañana. Estoy más despierto que nunca. Estoy sentado en una microbanca. Estoy sentado y tengo preguntas.

La terapeuta nos saluda con una sonrisa impecable e implacable y luego nos pregunta qué emociones podemos encontrar en nuestros hijos. Nadie responde. ¿A los dos años qué emociones, aparte de la alegría y la tristeza y el miedo, existen?, pienso. Muchas, al parecer. En realidad no muchas, pero sí algunas complejas, como por ejemplo la ansiedad. Y yo, que hasta ese momento había vivido de espaldas al mundo, empecé a comprender que lo de mi hija por las mañanas era exactamente eso: ansiedad. Una ansiedad irrefrenable mezclada con ganas de ver La Gallina Pintadita.

– ¿Qué puedo hacer? Estamos en agosto y mi hija aún no quiere venir al nido…

Soy el primero que pregunta. Gano por puesta de mano.

Y pierdo también.

“Después de dos semanas de vacaciones, es normal que los niños no quieran alejarse del lugar donde están papá o mamá -me responde-. Son readaptaciones, hay que ver qué factor desencadena eso”.

Es una buena respuesta. Una respuesta académicamente perfecta. Pero es, también, una respuesta algo confusa.

Estoy confundido.

Más de medio año en un lugar y no se adapta. Hay días más complejos aún, pero la niña se va acostumbrando de a pocos. Es difícil. A veces bastante. A eso hay que sumarle ahora una nueva materia educativa: dejar el pañal. Es un pequeño y tierno infierno cada día que empieza. No miento.

Mas luego me doy cuenta que no soy el único así. Como un eco que va golpeando todo a su alrededor, empiezo a oír historias extraordinarias sobre niños a los que les ha sido negado el don de alimentarse u otras de pequeños virtuosos del grito, tan virtuosos que son capaces de hacerlo una hora entera. Sin parar (y así, gracias a ellos, toda la familia termina en la clínica, sin que realmente pase nada, solo una madrugada difícil). Grandes talentos escondidos de la infancia revolucionaria.

Son niños que, al parecer, hacen “peores” cosas que Catalina, son más rebeldes e impredescibles y revoltosos que ella. Es decir, son infantes incurables. Los hemos perdido.

Me dedico a observar a las madres y, más exactamente, a observar sus ojos. Cada una parece más perdida que la otra. Lanzan preguntas que rozan la duda existencial, cuchichean en medio de eso, se sirven jugo esperando la sentencia final de la terapeuta. Miento: no esperan nada de la terapeuta, así como yo, en el fondo, tampoco esperaba nada. O al menos nada que fuera más allá de la respuesta que ella me dio, sonriendo: tu hija no va a querer separarse de ti luego de haberse acostumbrado a eso. Dijo algo así.

Pero, ¿y si no es ahora, cuándo? ¿Es que acaso ya perdimos a nuestra niña en ese mar de ansiedad que es la vuelta al nido?

(Mi mayor temor en el mundo es que mi hija tenga que pasar por lo mismo que yo: la brutal ansiedad de sentirme ajeno a cualquier grupo mientras crecía).

Todo es mentira. Todo parece una mala broma. Nuestros niños están bien. Están creciendo, están experimentando. Curiosean con el mundo y, de paso, juegan con nuestras emociones. No por nada le llaman The Terrible Two.

Son buenos corazones, corazones en desarrollo, investigadores del parque de juegos, exploradores de emociones, pensadores fuera de la caja, también están hambrientos de bondad. Cambian, crecen, no se soportan, no nos soportan. Luego nos aman, nos necesitan. No nos dejan ir y nosotros felices: no los queremos dejar ir.

La terapeuta dio por terminada la charla cuando yo ya estaba lejos. En un momento me aburrí del sufrimiento del resto, pero sobre todo tenía cosas que hacer. Me hubiera encantado que luego de todo nuestro sufrimiento termináramos organizando un picnic. Pero es así.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s