Mi hija es un desastre

mi hija es un desastre-1

A sus dos años, mi hija es una ruleta rusa emocional. Por estos días es difícil estar a su lado sin tener que sortear, uno a uno, los implacables giros de su carácter. Confieso que es difícil, si no imposible, seguirle el ritmo sin que caigamos rendidos apenas se duerme o a veces, incluso, mientras lo hace.

Hay minutos en que quiere ir al cine, luego ya no. Y cuando ya no, te quedas con los boletos y la canchita en la mano y a reír porque si no se llora.

Hay minutos en que quiere ir al baño, luego ya no. Y cuando eso ocurre, se abren dos posibilidades: o se olvida y no hace, o se hace mientras uno se olvida.

Hay minutos en que quiere jugar y luego ya no. Entonces, la televisión nos juega una mala pasada: se convierte en esa pipa de crack que el drogadicto sueña en sus noches más tristes. La televisión, la televisión, la televisión. Sí: no hay salida y esto es guerra. Es aquí cuando mi salud, de pronto, se empieza a resquebrajar. Y no es poesía.

Hay días en que se levanta con todas las ganas de ir al nido, pero cuando llegamos se le quitan. Como por arte de magia. Y que se le quiten las ganas de ir al nido es como llegar de sorpresa y de madrugada al infierno: la niña -prácticamente- se amarra al auto con uñas y dientes y luego ejecuta un destemplado e imparable lloriqueo. Yo la entiendo, mas debo luchar. A veces gano, otras pierdo. Y en el camino, ciertamente, sufro.

Hubo lindos viajes cortos y horrendos viajes largos, y viceversa. Y así, ad infinitum. En todos, una sonrisa suya puede quebrar enteramente el silencio, y en todos también un atisbo de llanto puede quebrar enteramente nuestras cabezas.

No hay noche en la que se rehúse a tomar un baño y, cuando hay suerte, no hay una en la que no nos prohíba lavar su cabello. Por supuesto, lo hacemos. Y por supuesto, hay llanto.

Hay llantos que se esfuman rápido y son los peores porque son inexplicables; quiero decir, son llantos que no guardan relación con nada salvo con esa tormenta emocional desatada en tierras que nos son familiares. Así que tenemos suerte si estas duran tan solo un segundo más.

Un minuto puede querer algo y al otro adherirse obstinadamente a lo opuesto. Quiero un libro, no quiero un libro. Quiero ir al parque. Papi, ya no quiero ir al parque. Estamos a una cuadra del parque, estamos sacando los libros.

Admiro su capacidad de dominarnos y, de paso, de controlar al público que, extasiado, nos observa ejecutar aquel teatro de lo absurdo.

Porque nos domina. Incluso cuando parece que hemos ganado, que tenemos la razón. Por eso hay días y minutos que son implacablemente violentos. Que nos tensan y nos convierten en esos papás incomprendidos cuando simple y llanamente somos y queremos ser humanos.

Una recatafila de desesperados intentos por cambiar su humor termina siempre golpeando el nuestro. Y se lleva, de paso, su amor, aunque fuere por unos cuantos segundos, aunque fuere por apenas un segundo.

Son dos años y seis meses. Son dos largos años y seis largos meses. Y este es, también, el año en el que la niña ha hecho de sus días una constante confrontación. Consigo misma, con nosotros. De la manera más simple, ha decidido medirlo todo, todo el tiempo: nuestra paciencia, la suya, y nuestra forma de lidiar con todo mientras ella lidia, también, con todo.

En el fondo, y a veces en nuestra piel, la entendemos. ¿Quién no podría entender a una niña que explora y triunfa y falla y todo, absolutamente todo, es a cada instante un descubrimiento y, a la vez, una forma de crecer y distanciarse de lo que era apenas un minuto atrás?

Ha habido días negros y días blancos y en cada uno de ellos hemos tenido que estar, al pie del cañón, a veces más o a veces menos, aprendiendo de ella. Sí, mi hija es un desastre, un hermoso y desesperante desastre.

Anuncios

2 comentarios

  1. Beto, un millón de gracias por compartir tus privadas experiencias de papá primerizo, las que nos ayudan a todos. Además con textos bien escritos, lo cual es un lujo adicional. Mi esposa es psicóloga, y ella considera que la asistencia temprana de una psicóloga infantil podría ser muy útil cuando surgen estos conflictos. De otro lado, parece obvio que te derrites por tu hija (me pasa lo mismo!), y a veces no ponemos límites. Yo trato de ponerlos, unos pocos pero muy definidos. Y nunca, pero nunca, cambio un “NO” por un “SI”. Al final ella sabe que, en algunas cosas importantes, yo tengo la última palabra. Dentro de mi inexperiencia, quizá este consejo te sea útil. Un abrazo, y gracias de nuevo!

    • Muchas gracias a ti por leerme, Juan Carlos. Tienes mucha razón: el amor desmedido nos impide poner tantos límites como queremos. Ese es mi conflicto personal y estamos tratando de lograr la medida justa de No y Sí. Te agradezco porque la idea de no cambiar nunca un no es algo que también he pensado y siendo tu papá como yo (derretidos estamos), me da fuerzas para también ejercitar mi última palabra. Un abrazo, Juan Carlos!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s