La educación prohibida (¿creamos pequeños robots egoístas?)

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Intento observar a mi hija cada vez que me lo permite. Cuando juega sola, cuando se permite y nos permite esos instantes que son mágicos: ella, descubriendo el mundo sin el ojo protector de su madre o de su padre; descosiendo lo que, ignora aún, es una estructura endeble pero, a fin de cuentas, estructura: el mundo que nosotros, los adultos, hemos armado a su alrededor.

¿Pero qué pasaría si aquel mundo no tuviera necesariamente que ser así? ¿Y qué sería de su desarrollo si no tuviera que verse opacado por reglas que a sus dos años no está tan interesada en entender y, menos aún, obedecer?

Hace algunos días pienso sobre la educación que mi hija recibirá dentro de poco. Qué espero de la enseñanza y, sobre todo, qué quiero que reciba Catalina. Hace unas noches, conversando con un buen amigo, concluí algo que para mí es esencial: que mi hija se sienta plena en esos 11 largos años de educación escolar que le esperan.

Lo primero que se me viene a la mente a partir de ello es algo que yo también ansié: un entorno 100% libre de violencia. Quiero decir: libre de cualquier agresión física o verbal que venga de almas jóvenes, quizá sin malicia, quizá con malicia. Ese acoso del que no pocos hemos sido víctimas y que nos llega también del egoísmo, de la falta de amor y la poca comprensión de que una infancia saludable no tiene que estar sometida a los defectos de la adultez. Porque, vamos, no tenemos que decirles a nuestros hijos que ser malo está bien. Que golpear u ofender está bien.

Lo he visto, lo he vivido y, viendo a mi pequeña hija, entiendo que la inseguridad es algo que ha heredado de mí. ¿Quiero, entonces, que pase lo mismo que, en silencio, pasé yo cuando estudié aquí?

Quiero no solo que crezca en un ambiente sin violencia de ningún tipo, sino también quiero verla sonreír. Y yo, lamentablemente, no me recuerdo sonriendo tanto como cuando estuve fuera del colegio. No quiero decir aquí que el colegio fue una etapa para el olvido. Simplemente fue una etapa sin mayores brillos, sin picos de emoción. Cada año pasó sobre mí como una aplanadora, haciendo crecer el monstruo del desinterés. Rara vez tenía interés en aprender algo. Era un autómata haciendo tareas, y no miento si digo que el último año de secundaria pasé la mayoría de cursos copiando los exámenes de un buen amigo que, sorprendentemente, no he vuelto a ver desde que me gradué.

¿Raro, no? Se supone que es una etapa importante en la que quedan los buenos amigos, los amigos para toda la vida. A mí no me quedó ninguno, ni uno solo, y los recuerdos que tengo se van borrando, lentamente, porque llegan otros nuevos y más felices. Es así: la vida condena lo menos importante al olvido.

¿Adónde quiero llegar? Estoy pensando mucho en esto a partir de “La educación prohibida”, un estupendo documental que registra y reflexiona sobre alternativas a la enseñanza que en nuestra sociedad tenemos marcada como un número telefónico. Me refiero a esa enseñanza tradicional, de cuadernos y calificaciones y horarios y kilos de tareas, que se lleva consigo valiosos años de nuestras vidas. Y que, al parecer, nos moldea mal: nos convierte en receptores de reglas y órdenes cuando nuestro cuerpo pide todo lo contrario: libertad y creatividad para desarrollarnos.

En realidad, el tema es extenso, pero la pregunta sigue siendo una sola: ¿Cómo quiero que una escuela forme a mi hijo durante 11 años? ¿Qué espero de los maestros, esos personajes, en esencia sabios, llamados a impartir conocimientos, pero, sobre todo, satisfacer nuestra hambre de desarrollo, alimentando eso que nos hace únicos frente al resto: la personalidad?

Solo he visto -hasta ahora- la primera hora del documental, pero ya me quedan claro algunas cosas. Claro, no intento generalizar pero sí puntualizar ideas que me parece que funcionan para la educación de estos tiempos:

  • Me queda claro que la educación debe ser, en esencia, un espacio de reflexión y conversación, tal y como lo planteaba Aristóteles.
  • Que, en los niños, es sumamente importante educar a través del juego. Son esas primeras etapas de formación las que permiten desarrollar el intelecto del niño. Esta también era una idea que impulsaba Aristóteles.
  • Es a partir de la guerra que la educación vira hacia el sometimiento y hacia la selección del más fuerte para ser educado. Al que no, simplemente se le desechaba, y por desechar me refiero a asesinar. ¿Era esto justo? ¿Podía un objetivo militar signar el destino de quien simplemente no tenía deseos de pelear?
  • El niño nace con una capacidad creativa ilimitada. Por eso pregunta, investiga y aprende por él mismo a través de sus errores. ¿Qué podría estar haciendo la educación actual con nuestros hijos? Darle la respuesta sin permitirles llegar a ella a través de sus propios medios.
  • Muchas veces los padres tenemos la equivocada idea de que la educación permitirá a nuestro hij@ ser alguien. ¿Pero es que acaso ya no es alguien? ¿Por qué tendríamos que plantear un objetivo sobre algo que ya es?
  • A diferencia de ser un espacio dominado por cierta libertad, la educación tradicional sigue, en muchos casos, el método de la prisión o la industria: horarios rígidos, tareas y trabajos planificados, restricciones y castigos.
  • Los conocimientos formales son los que importan ahora, es decir, matemáticas, ciencias, lengua e historia. ¿Y el resto? ¿Dónde ha quedado el espacio para el arte, la música, el teatro, materias que parecen secundarias pero despiertan virtudes no muchas veces exploradas?
  • Nuestros niños pueden estar creciendo para competir pero siendo egoístas e individualistas, no para crecer junto a otros, compartir y buscar el bien común.

Son, como ya dije, ideas sueltas a partir de un gran proyecto documental que explora las relaciones entre nuestros hij@s y las aulas en la actualidad. Ideas sueltas pero potentes que nos permiten analizar la forma en que la educación construye a nuestros pequeños o, en otros casos, destruye sus cualidades naturales para el asombro. Porque de eso, creo, se trata: de vivir la escuela como un constante asombro.

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