Consejos para disciplinar a tu hija de 2 años (je, buena broma)

consejos para disciplinar a tu hija

Ja, buena broma.

Soy un padre como cualquiera: a los dos años, mi hija ejecuta a diario una perfecta sinfonía de órdenes, carcajadas, angustias, tristezas y frustraciones. Todo en un día. Todo en una hora. Todo, incluso, en un minuto. Y ejecuta, también, de paso y sobre todo, un control natural sobre mis decisiones: me lleva a cualquier lado con una palabra, me trae de vuelta con una palabra, signa su rebeldía o su curiosidad -todo depende del cristal- caminando, literalmente, sobre mi cuerpo y mi cabeza. Cuestionando, a cada paso, mi autoridad o mi -si vamos a ser sinceros- endeble autoridad.

¿Debo sentirme culpable por perder la cabeza por ella? ¿Debo quejarme en silencio por saber que mi hija puede hacer lo que quiera conmigo y yo soy feliz? ¿En algún momento esto debe parar o, en cambio, animarla a ejercer la libertad, sin que realmente entienda ese concepto, podría ayudarla en algo?

Conozco su angustia cuando no puede conseguir algo. Sé de qué forma se para cuando lo que nos dice no es algo gracioso sino una exigencia. Casi casi sueño con sus ojos, esos ojos enormes y sinceros, un segundo antes de que se le llenen de lágrimas por la rabia. Y me conozco: sé que, a pesar de mis intentos, soy incapaz, por el momento, de ejercer aunque fuese una pequeñísima porción de disciplina con ella. Ya una noche, hace algunos meses, entendí –chupón en el suelo– lo que significaba mi frustración para ella. Quizá por eso me sea tan difícil empaquetar hoy la rigidez con la que yo llevo mis días, y entregársela.

No es que me sienta bien por ello, sin embargo. Hemos conversado de esto con mi esposa y, aunque hay diferencias, creo que ella me entiende. Sabe que mi aproximación a la pequeña es diametralmente opuesta a la suya. Que, mientras ella moldea su carácter con reglas y tareas simples pero llenas de amor, yo acaricio con estoicismo el lado indómito de su corazón. Que mientras mi hija, ante la duda o el temor, busca a su madre para convencerse de que sí es posible hacer algo, a mí apenas tiene que mirarme para señalar algo que “debe” ser hecho. Quizá viendo como lo hago yo esté aprendiendo también que hay dos partes siempre. Una rígida y otra blanda. Una que exige amor, otra que es capaz de darlo. Una que multiplica el amor responsablemente, otra que deja que el amor se convierta en un delicioso engreimiento.

Podría buscar teorías alrededor de esta idea, googlear hasta el infinito contrastando opiniones sobre si estaré haciendo bien o mal, pero no. Me da igual. He visto nacer a mi hija y no miento si digo que desde entonces he comprendido bien que es un alma libre. No de las que se lanzan del sube y baja sin pedir la mano de un grande ni de las que se acostumbran rápidamente a los cambios, incluso al cambio más chiquito. No: mi hija sabe que hay un poder aún mayor alrededor de ella. Un poder que viene del corazón y que muestra los maravillosos contrastes del amor. Esto es, la total dominación de un hombre capaz de detener el mundo si ella se lo pide.

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