Mi rastro en ella

mirar a profundidad

Una parte de mí se niega a aceptar que nuestros hijos llevan consigo el rastro de sus padres. Lo bueno, lo malo. Algo. Mi terapeuta lo niega, pero yo me niego a aceptarlo. Hace unos meses, en esas tardes de verano en las que el viento es tibio, me quedé unos buenos minutos observando a mi hija mientras jugaba. Luego, decidí grabarla. La imagen es clara: la niña observa al resto mientras yo la observo. Mira con sus ojos enormes, calmada, mientras el aire desordena sus cabellos, al resto jugar. Pierde su mirada en la profundidad de un parque finito. Mira los autos, quizá, que rodean el parque a toda velocidad. Mira por largos segundos sin hacerle caso al ruido. Luego, decido interrumpirla para ver si logro quebrar ese hermoso y solitario espacio: le lanzo la pelota a los pies, suavemente. Nada. Ella recibe la pelota, pero nada. Cae en medio de sus pies y nada. Su mirada sigue fija en cualquier parte, en ningún lado.

Su mirada es la mía mientras camino o voy en la moto o estoy frente a alguien o estoy frente al espejo. Es la mirada de alguien que no entiende, o que entiende todo. Que no escucha más que lo que quiere escuchar. Que es capaz de frenar el tiempo a discreción: como si se tratara de una película. Sin nostalgia, fríamente, pero con ternura. He visto, he grabado a mi hija y la he detenido solo para mirarme un poco. Y tengo miedo. Tengo miedo porque desde marzo, cuando empezó el nido, ella ha sufrido los mismos episodios de angustia que yo cuando iba al nido. Sí, tiene apenas dos años, quizá es lo más normal del mundo, pero no. Algo me dice que sentimos lo mismo. Angustia, una angustia que se revuelve en la memoria, en el orden de las cosas antes del nido. El nido es ese espacio extraño y vacío al que ella y yo hemos ido para sentirnos un poco fuera de lugar. Para que nos duela un poco.

¿Duele un poco? A veces duele demasiado sentirse fuera de lugar. Me pasó hasta que salí del colegio, luego se fue me olvidando. Luego ya no estuvo más. Me refiero a la angustia. Pero ahora está, o parece estar allí, en mi hija, en sus mañanas difíciles, sobre todo cuando es invierno.

– Hoy nos toca nido, bebita- le digo.
– Hace pío- me responde, en su tierno idioma.

Sí, hace frío.

Días atrás tuvimos reunión con su maestra y la psicóloga. La conclusión fue esta: Catalina es una buena niña que se ha adaptado al nido “a su ritmo”. Así lo dijeron. A su ritmo, que es un “ritmo” un poquito más lento que el resto, pero que es, sin embargo, normal. También dijeron que era observadora. Que no se lanzaba a algo si antes no había analizado bien las consecuencias. Primero veía que otros jugaban, que otros experimentaban, y luego, recién, se animaba. La imaginé, entonces, rodeando a su círculo de amigos mientras estos jugueteaban. La imaginé, entonces, mirando profundamente hacia ninguna parte. Estando allí sin realmente estarlo. Estando allí, acompañando, pero también olvidándose de todos. Como si, con ello, pudiera atravesar la angustia, esa angustia tan humana que sea quizá familiar desde la niñez, esa angustia que no tiene sabor ni olor ni color pero está, y pudiera, con ello, superar, por un instante, todo el peso de lo que se viene. Del futuro. Del segundo que le sigue a esa nada que ella y yo somos capaces de mirar.

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2 comentarios en “Mi rastro en ella

  1. Juan Carlos Belaunde dijo:

    Beto, ya me habían comentado que escribes bien y que trasmites mucho. Tengo una hija de 15 meses, y me identifico con todo lo que mencionas. En relación al artículo, no me da un peculiar orgullo que mi hija se parezca a mi (es demasiado bella para eso), solo aspiro a que sea FELIZ, lo que es un sentimiento que compartimos todos los papás. Gracias por tu artículo, y tu sensibilidad.

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