Miedo a ser padre III

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Cuatro de la mañana. Mis ojos se abren automáticamente. Es una noche bastante oscura. Miento: por la cortina se filtra esa luz roja, ahumada, que no cae nunca sobre las paredes sino únicamente sobre el suelo.

Camino por esa oscuridad y llego a la cama de mi hija. Es curioso: no se ha movido mucho, la colcha sigue intacta sobre su cuerpo, su respiración delata un sueño tranquilo. Siento, entonces, que he ido ahí por las puras. Que el cuidado que tuve al entrar -no chocar con nada, no chocar con nada, no pisar nada, por favor- ha sido en vano. Vuelvo a la cama con una sensación de derrota. A medio camino me pregunto si seré capaz de volver a dormirme. Me lo seguiré preguntando dos horas después.

Soy padre, soy periodista y, en el colmo de la extravagancia, me gusta el vértigo. Vaya fórmula extraña para una vida relativamente predecible y aburrida. Si a mis salvajes 25 años alguien me hubiese dicho que sentiría esto a los 34, no le hubiese creído. ¿O sea que se trataba de esto? ¿Así era la fórmula: te haces viejo y el temor crece hasta hacerse irrespirable?

Tengo miedo porque ahora que he vuelto a descubrir las cosas sencillas gracias a mi hija, he descubierto, también, lo que significa ser grande.

Ser grande es llevar una cadena invisible en un tobillo mientras intentas correr. Pero quizá es importante describirlo más simple: ser grande es no poder elegir tu siguiente paso porque muchas cosas ahora están en juego: el futuro de tu hija, el futuro de tu familia, tu relativa dignidad en esa tonta cofradía de escribidores, los 19 años que (no) te esperan para acabar de pagar tu casa, los viajes que has soñado de a tres (y de a cuatro e incluso de a cinco) para la década que viene. Cada decisión, hasta la que aparenta ser la menos importante -la hora de partir en la moto-, se vuelve enorme, como un globo de helio que asciende rápido y desaparece por entre nubes muy bajas.

Creces y el cheque que firmas es muy grande. Creces y de pronto ves cómo tu vida se vuelve una hoja de cálculo. Un maldito archivo Excel del que no puedes escapar ni en vacaciones. Ahora lo veo: he pasado 34 años calentando una sensación así. Soy un periodista al que le gusta el vértigo pero tiene vértigo. Llevo casi dos años buscando mi camino. Cazándolo. He disfrutado, he respirado tranquilo mucho tiempo. He tenido retos, he fallado y en el camino he vuelto a fallar. He caído dos veces seguidas, aunque creo que a la larga logré levantarme.

Y nuevamente creo que es conveniente salir. Buscar la calle, caminar por ahí sin presión alguna. Crear. Inventar algo que sea una revolución. La vez pasada me quedé con las ganas, ahora es tiempo de desquitarse. Así nos quiten el sombrero.

Pero tengo miedo. Y es natural. Y son las cuatro de la mañana, acabo de volver de ver a mi hija y está tranquila, como si no hubiese pasado nada y el sueño que ahora tiene en la cabeza fuese el más importante y bello del mundo. Si eso no quiere decir nada, nada quiere decir nada.

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