El ruido de un chupón en el suelo

papa cronico 8 abril 2016

Tengo que pedirle perdón a mi hija no por haber perdido la paciencia la noche de hace tres días, sino por el ruido violento que hizo su chupón al tocar al suelo. No porque soy humano y soy padre y me confieso capaz de perder cada vez más frecuentemente los papeles, sino, más que nada, por el eco que dejó esa oscura rabieta hecha golpe en madera de mentira. También le pido perdón por el cansancio. Y disculpas por mis ojos que a veces parecen taladrar la pared blanca de la sala. Mi hija, entonces, lloraba, y gracias a mí lo hizo todavía más.

Estoy frustrado. Conocí a Catalina hace dos años y dos meses, desde entonces hemos sido grandes amigos y yo me he esforzado por estar a su altura. Hoy juego con muñecas, las alimento, prendo la ruidosa estufa de una cocina de plástico y pongo a hervir huevos de mentira, juego con plastilina, dibujo, cada vez que me lo pide, una y otra vez, hasta el infinito, a los personajes de una película animada. Como cuando la vi por primera vez, me siento inmortal, pero también, cómo no, he aprendido a hacerle ascos a la muerte. Y a temerle. Conocí a mi hija hace dos años, le vi el rostro y sus ojos abiertos y sentí una honda ternura pero ahora ella ha aprendido, conmigo, de mi mano, cuánto pesan los estruendosos golpes de la frustración. Me ha visto confundido, me ha visto rogarle y luego exigirle que descanse, que se duerma, que aquí estoy yo y tu mamá trabaja pero no tarda en volver; mas ella, y con todo el derecho del mundo, me ha pedido y luego exigido con llantos que no sea yo quien permanezca allí y la duerma. No quiere dormir conmigo. Punto. ¿Acaso a los dos años o a los 90 no es ese un pedido razonable?

A los dos años y dos meses, sí. A los 90, también. Es su derecho. Y yo he golpeado, yo he mancillado ese derecho. Me he perdido en la impaciencia y he lanzado su chupón en medio de un llanto que posteriormente se hizo mayor. Se hizo temblor. Y yo, grados más, grados menos, he quedado estático, reducido a la mínima expresión, marcado por el desconsuelo y la, cómo no, vergüenza. He pedido perdón, una y otra vez, y he recibido, a cambio, más y más llanto. Lágrimas, cachetes mojados, gritos, desesperación ya no mía, sino suya, como si ella (es lo más probable) acabara de descubrir al monstruo que escondía desde mucho antes aquel que suele tomarla de la mano cuando caminan. Y no la suelta. El monstruo en que a veces puede convertirse papá.

Ha llorado, yo he maldecido esa extraña circunstancia, he lanzado mil carajos para mis adentros. Todo en un segundo o menos de un segundo. Me he sentido impotente y omnipotente pero ya luego me he sentido un ser mínimo, culpable, responsable del primer gran miedo que cosechamos aquellos que tememos: el miedo a quien parece (solo parece) más grande.

Han sido días raros desde entonces. Puedo fácilmente estar fantaseando, pero la he visto algo distante, como quien mide, de cuando en cuando, cuando se acuerda en medio de un juego o un dibujo, a ese nuevo compañero que tiene varias cosas buenas, pero ya desde ahora una certeza. ¿He, acaso, dejado de ser aquel ser de ficción para convertirme en el primer pedazo de realidad que verá en toda la larga línea de su mano, que es su vida? En una de las medias libres mañanas de esta semana extraña hojeo un libro sobre paternidad y descubro, o recuerdo, que es el padre el que cumple un rol trascendental en la vida del pequeño: delinea su identidad por medio de conductas lejanas a esa maravillosa perfección que es la madre -fijado a través del manto de protección que son sus brazos, de los mimos y a la vez de las restricciones-, y que vienen en la forma, más bien, creo yo, del desorden que nos provee la libertad: de los errores, quizá, o de los efectos involuntarios de un planeta presionándote desde lo más hondo. Aquí, estamos, pequeña niña, frágiles y monstruosos. Pero créeme que yo prefiero mil veces las canciones de Elton John (canciones como “Your song”) o Dixie Chicks (como “Landslide”) para enseñarte que, aún con el dolor de mi corazón, lo que viste la noche de hace tres días es lo más duro que vendrá de un hombre que, en el fondo, se sabe, o se pretende, bueno. Perdóname si cabe ahora esta amarga palabra.

La imagen viene de esta extraordinaria ilustradora.

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