El forastero

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Por estos días, una distancia kilométrica separa la relación que tengo con mi hija de la que ella tiene con su madre. Tan kilométrica que apenas llego a casa debo aceptarme como lo que soy: un forastero. No reniego porque en verdad lo sé y la frase es trillada pero cierta: no hay relación más profunda que la de ambas.

Durará para siempre, debo resignarme a ello. Acostumbrarme a ver que la conexión que tienen sobrepasa cualquier contacto con papá. ¿Me equivoco? No lo creo. Algo tendrá que ver el latido que mi hija sintió e hizo suyo nueve meses. Algo, además, como el rostro que ella, quizá, reconozca que será el suyo en unos cuantos años. Sus ojos. Su mirada larga, la genial obstinación. Algo de la desconfianza y el silencio. Toda su ingenuidad. Toda su extraña y adulta ternura.

Me queda ver de lejos, un poco celoso, un poco triste. Todo cambia, eso sí, cuando mamá no está. Allí vuelvo a ser el dueño de sus miradas, el único que atiende sus pedidos, un tipo al que se le puede confiar un abrazo a cambio de un dulce (sí, ya de chicos descubren con astucia cómo ser premiados: es un pequeño interés). Allí puedo disfrutar de sus pequeños abrazos, de sus revolcones mientras ve dibujos, de sus infantiles amarguras cuando el sueño ya (nos) golpea, y de su aislamiento voluntario en cuanto entra al agua para su baño. Son momentos en los que nos acompañamos y yo crezco, soy más padre, más maduro, más viejo. Me siento más responsable, menos tonto, y dirijo mi dependencia a ella para que su independencia sobreviva. La veo desligarse de mí, pero conmigo cerca. La veo crecer y, solos, ella y yo, al fin puedo ser un poco dueño de ese crecimiento. Ayudándola, quién sabe, a reconocerse como hija de un sujeto que es, casi siempre, un forastero. Un jodido y triste forastero.

Tal vez es que la he visto crecer muy rápido. Hace solo dos días, al fin, podíamos sentarnos (ella echada sobre mí, golpeando mi cara sin darse cuenta con sus medias sucias) a ver unos bonitos dibujos que antes pensé que jamás le gustarían. La veo y creo que por fin los entiende. O al menos entiende la secuencia. Allí estábamos, ella y yo, y mientras ella veía la tele yo pude dormir un rato. Dormir: ese dulce placer que un día se fue para no volver. Entrecerré los ojos y no sentí más su mano tocando mi cara y su voz llamándome. No. Sentí sus dedos pasar por mis mejillas, pero quizá solo para asegurarse de que seguía allí. No miento si digo que mientras me iba quedando dormido me conmoví. Mi pequeña niña me dejaba de lado, acompañándome. Mi pequeña niña crecía y hasta me regalaba un pequeño descanso.

Tal vez en un mes ella ha crecido mucho y a mí algo tan simple como que me regale una siesta me parece enorme. Ella ha crecido y es enorme también que se mueva tan bien por esta casa suya, que ella desordena a su antojo. Son las culpas del forastero, casi siempre el padre, que llega a una casa solo para ver a su hija, diariamente, un año más vieja. Es triste pero hay que aceptarlo: de aquí en adelante será poco el tiempo que sobre, así que procuraré exprimirlo. Por lo pronto, si ahora mismo me voy de aquí, coincidirán todos en decirle que el tipo ese que abría la puerta con desesperación estuvo allí cada vez que pudo, perdiendo amigos, perdiendo momentos, perdiendo espacios. Solo por ella.

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