El niño sobre la arena

muerte aylan

He imaginado la muerte de mi hija mil veces, de la misma forma que me he imaginado muerto mil veces.

Así parece ser como mi cuerpo reacciona ante el miedo.

O como mi cuerpo se adapta a un miedo recurrente desde que soy papá.

Morir. Que alguien muera. Perder lo más importante. Que mi corazón deje de latir. Que todo se detenga sin yo poder hacer nada. Que mis ojos dejen de ver, que se fijen en ninguna parte, sin yo poder hacer nada.

Me he visto cayendo de la moto, cayendo, con el corazón detenido; cayendo, con la garganta atrapada.

Me he visto dejando mi cuerpo mientras duermo.

Y en cada momento he sentido miedo. Un terror deslumbrante.

Mi cabeza suele perderse, entonces. Mi cabeza suele pensar en que debo enclaustrarme para seguir vivo, porque allá afuera las cosas son salvajes.

Y yo debo seguir vivo porque viendo a mi hija llamarme apenas cruzo la puerta de mi casa, entiendo que debo seguir aquí al menos por un tiempo más.

Pero también imagino que ella se va. Que cae. Que su cuerpo flota. Que su cuerpo arde. Que su cuerpo rueda. Y todo por un error. Por un milímetro, por un segundo. Y la culpa, la maldita culpa, se ancla eternamente. Y empiezo a flotar también. Porque desde ese momento estoy maldito. He perdido algo. Y me he perdido, para siempre.

Todo es un sueño. Un mal sueño. Pero es un sueño recurrente desde que nació.

Estar allí para ella quizá sea la razón por la que estas horrorosas proyecciones se hacen tan fuertes. Y me llevan a luchar, en todo momento, por esconderlas, por enterrarlas.

He visto al niño sobre la arena, su cuerpo inerte, como si se hubiera quedado dormido. Lo he visto como he visto a mi niña, tantas veces, por las mañanas. Lo distinto es que ella despierta. Sonríe. Me sonríe. Sus brazos me buscan y me encuentran. Su mirada me busca y me encuentra. Sabe que no está sola. Puede abrazarme cuantas veces quiera, y sentirse viva. Sentirse viva con tan poco. Estar viva con tan poco.

Por esas cosas es que yo estoy ahorita con el corazón agarrotado. Porque no concibo a ningún niño muerto. Porque es imposible imaginar algo así. Tanta inocencia. Tanta ternura. Tanta pureza. ¿Por qué podemos ser tan frágiles de niños, y tan mortales de grandes?

He visto al niño, su cuerpo inerte, como besando la arena. No hay ninguna forma posible de decirle adiós.

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