Esta es una mala noticia

herecomesthesun

Un crimen ocurre: Una mujer recibe dos disparos en el rostro y muere. Pocas horas después -todo sucede de madrugada-, lo que aparentemente era un asalto con resultados fatales termina sorpresivamente con alguien tras las rejas: su esposo. La historia da mil vueltas, una y otra vez. Entrevistas por aquí, versiones de parte y contradictorias. Documentos, más documentos, voces de gente que no conozco, que me son extrañas. Algo, sin embargo, puntual y doloroso: la imagen de una mujer que perdió la vida por nada.

Las últimas cuatro semanas han girado básicamente alrededor de eso. Un viaje, el viaje de vuelta, muchas horas despierto y varias noches lejos de casa. Un sujeto que murió a manos de otros que llevaron una venganza al extremo. Un crimen, una injusticia, más palabras y voces. El periodismo vivido al borde de la paternidad crónica. ¿Es que acaso mi trabajo es una fría recolección de historias crueles, conmovedoras e injustas que puedo ver pasar sin inmutarme; mirándolas, como quien mira un bus pasar, a través del visor de una cámara de video? Si esto es así, ¿cómo es que puedo sobrellevarlo en esta etapa que se supone es la más íntima, emocional y contemplativa de mi vida?

Mi pequeña hija quizá no lo sepa, pero su papá es periodista desde hace diez años. Ha fallado muchísimo, y ha crecido otro tanto. Ha visto cómo al inicio una coraza se formaba alrededor suyo, una suerte de protector contra el dolor ajeno o la pena ajena e incluso contra la alegría ajena. Y ha visto cómo, muchos años después, frente a lo que sería un nuevo comenzar, esa coraza simplemente se destruyó.

Mi hija quizá no lo sepa, pero ahora es cuando, luego de todo ese tiempo, su viejo se ha quebrado por primera vez en una entrevista. El niño estaba allí y lloraba. La sierra estaba allí y también lloraba. Hacía frío. El viento no congelaba: quemaba. El niño estaba allí y de pronto vio cómo su madre rompía en llanto y luego su hermana mayor rompía en llanto y luego él, automáticamente, también lo hacía. No era difícil precisar el norte de una conversación entrecortada por las lágrimas. Pronto estaba allí, acariciando su cabello, y luego alejándose. El verde horizonte fue testigo de un llanto apurado, nervioso. Por primera vez en su vida, el registro del dolor de otros había tocado alguna fibra. El periodismo, a veces, trae consigo estas amargas ingratitudes.

Sí: su padre ha aprendido a cuestionarse. A inquirir su pasado, y su futuro, con la malsana rigurosidad de quien se reconoce culpable de algo. De algo que no tiene nombre. De algo cuya fecha es imposible precisar. Es como si todo el golpe de una vida viviendo, quizá, las vidas de otros, me cayera de pronto. Rápido. Sin miedo. Sin duda. Periodismo.

¿Qué ocurre? Que hay días como hoy en que me pregunto qué mundo hemos preparado para Catalina. La realidad agobia, y a mí me toca verla desde hace una década a través de una lupa. Una lupa inmensa y casi siempre limpia y lista para usar. Durante un año me dediqué a contar historias de gente que moría sin razón. Y hasta hoy no puedo dejar pasar las noticias que hablan de injusticias, que son casi todas. Me preocupa tanto, cada tanto, la forma tosca que rodea esa vida a sueldo que es mi trabajo. Me pregunto, otra vez, qué mundo hemos alistado para una niña que sonríe tanto por tan poco. Por cosas simples que jamás estarían en una portada.

Mundo de mierda. Pequeñísimo mundo de mierda. Lleno de hombres malos, de tierras que se despojan, de cuellos a los que atraviesa el silencio. Así estamos aquí, chiquita, y perdóname por anunciarte que no tenemos, de momento, alguna noticia mejor que darte. Las cosas aquí, pequeñita, van de mal en peor. Pero créeme que mientras tu mundo se reduzca a unas cuantas pelotas de colores, a un rompecabezas y a esas dos o tres palabras que ya sabes decir, las cosas estarán bien. Que mientras no entiendas que algunas veces no estaré cerca para abrazarte o protegerte, y mientras no sepas que un día, cruzando la calle, habrá alguien igual a ti pidiéndote algo, o llorando, mientras no sepas nada de eso, pequeñita hermosa, esto que te rodea seguirá siendo de cristal.

Un pequeño castillo de cristal, y no una estúpida mala noticia.

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