¿Cómo es un día maravilloso cuando se es papá?

un dia maravilloso 14 jul 15

Un día maravilloso al lado de mi hija es así:

Nos despertamos a una hora tranquila, en la que no se oigan carros y la ciudad sea todo menos desespero. Ella va feliz, y puede que hasta me suelte un “pa!” con esa alegría que me derrite. En la cama jugueteamos un ratito. Y si nos ponemos engreidores, quizá por el sueño que aún nos queda, le ponemos unos videos para que baile un poquito. O haga eso que parece un baile.

Luego desayunamos, nos cambiamos, preparamos su coche y de frente a la calle. Todo es muy simple: pasear. Nada nos interesa más que pasear porque solo así podemos despejarnos. Miraflores, cómo no, se ha convertido, nuevamente, en un lugar especial. Y allí vamos.

¿Qué hace feliz a una niña? Siento cada vez más que es estar a nuestro lado, sentirse única, especial, saber que la queremos. Así, ella, parece, crece libre y en confianza.

Entonces, en el parque central, la dejamos ser en esas carpitas que arman cada mañana de domingo y en la que muchos niños juegan, se pelean, saltan y se deslizan. Crecen. Y mi hija, sí, también crece. Nosotros, desde un lugar más o menos lejano, la vemos crecer. Ella nos sonríe, cuando quiere se acerca (porque así es su carácter: ella decide; es como un gato) y cuando quiere, cada vez más, prefiere interactuar con sus amigos temporales. Eso nos alegra: verla, por fin, abriéndose paso entre la multitud.

Al mediodía todo juego se corta abruptamente y no nos queda otra que mudarnos al siguiente juego. ¿Aburre? No. Luego de cinco días de trabajo casi sin freno, es reconfortante estar con tu familia así: creciendo juntos. Conversamos y hacemos planes, y organizamos el almuerzo como si fuera un gran episodio. Y sí, hasta lo es: cosas simples convertidas en momentos grandes.

En una cebichería que se ha vuelto favorita lentamente, Catalina no puede con su felicidad: juguetea entre nosotros, mientras toma chicha y sonríe y mueve a sus muñecos. Hemos pedido algo rico y ella nos acompaña. Yo, finalmente, luego de semanas, pruebo una cerveza. Dos cervezas. Es por el día, y por el gusto de que mi familia sea eso que ahora veo: una mujer linda a mi lado, una madre potente, y una niña tranquila que no cabe en su felicidad.

Luego, a soñar: volvemos a casa y acompaño a mi nena en su siesta que, si estamos de suerte, dura dos horas. Así ocurre esta vez: podemos roncar a discreción. Es perfecto.

Cuando uno es padre organiza sus días libres en torno a sus hijos. Es imposible no hacerlo. Me lo había dicho un buen amigo y no le creí hasta ahora (y sus hijas, por lo demás, tienen más de cinco años: ¡cuántos años nos quedan!). Está bien, muy bien: nos divierte y no podemos hacer otra cosa que imaginar días así. En casa o fuera.

Luego del sueño, viene más actividad: usualmente hacer las compras de la semana o algo que nos faltaba; o, si el clima no es propicio y podemos volver a un parque, a jugar en casa. ¿Es divertido jugar luego de un año y 5 meses casi?, me pregunto. Sí. El juego ha cambiado y ahora viene acompañado de caminatas por la sala, su cuarto, el cuarto de juegos, la cocina. De lecturas de libros “en modo Catalina” y pegadas de stickers. Es todo “su” momento. Su tarde. Su día y su noche.

Ya luego, el sueño. Todos exhaustos, nos entregamos al cansancio, a intentar ver algo de tele, ordenar un poco. Dormir también.

Así es un día maravilloso por estos días. Y la pequeña crece. Ya no es tan pequeña.

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