Formas de extrañar luego de siete días de viaje

Viaje papacrónico-1

A diez mil pies de altura, y luego de siete días separado de mi hija y mi mujer, pienso en cuánto las he extrañado.

Sí, a veces se me hace difícil estar en casa. Entre la intensidad propia del trabajo y los constantes descubrimientos en la crianza, el día se hace corto y, a veces, muchas veces, casi siempre, agotador.

Por eso, pensé que quizá estaba bien enfocarme por unos días solamente en una de estas tareas,  distribuyendo menos alocadamente mi espacio para la familia y compartiendo las dosis perfectas, esas a las que la gente suele llamar, no sin vergüenza o culpa, “tiempo de calidad”.

El viaje en Nueva York y Washington fue muy bien. Aún tengo un ligero dolor de pies por caminar horas en la Gran Manzana, recordando el viaje que hicimos con Paola poco antes de que quedara embarazada y tanto allí como en D.C. conseguimos las historias que nos habíamos propuesto tener: imágenes y entrevistas, algunas de ellas satisfactoriamente inesperadas, y algunas ideas para nuevas historias.

Sin embargo, es fácil entrar en la nostalgia cuando, por ejemplo, oyes a una niña llorar, una niña que también podría tener exactamente la misma edad que tu hija y la única fuerza que entonces te mueve es esa con la cual te gustaría acercarte y consolarla, abrazándola. No conoces a nadie mientras atraviesas las cuadras de una ciudad vieja y repleta de edificios, pero las madres que llevan en los coches a sus pequeños dormidos te recuerdan a los domingos de caminatas bajo el sol del otoño limeño. Vas a una juguetería y, de pronto, todo lo que ves allí es perfecto para tu hija que crece. Muñecos, chupones, carritos, incluso un juego de jatzes que no usará sino hasta cuando tenga siete años.

Comes y, mientras lo haces, te imaginas preguntándole a tu pequeña familia qué tal están los platos, si se les antoja postre o algo más de tomar.

Estás un poco perdido porque son esos momentos los que preferirías vivirlos con ellos. Porque se trata de la costumbre del último año con tu hija, o de los últimos seis años con tu mujer. Has vivido tanto y viajado lo suficiente como para adaptarte sin chistar a un cambio como este. Porque es radical: desde que Catalina nació, no he pasado más de tres días separado de ella.

Ahora mismo, en el avión que me lleva de vuelta a casa, he repasado una y otra vez el video que su madre me envío y en el que la niña ríe, ríe de nuevo, y luego aplaude una y otra vez, sentada en la mesa, mientras ambas comen. “La bebe se alegra que te vaya bien, hasta te dice bravo”, es el mensaje que lo acompaña. Yo soy un mar de babas.

Me pregunto en qué momento me volví tan cursi. Sé que he sido casero desde que nací, que mil veces he preferido mi casa a cualquier fiesta o evento, pero eso, sumado a mi imparable embobamiento por la pequeñita de cabellos hermosos, no dejan de sorprenderme.

El último domingo, mientras grabábamos frente a la Casa Blanca, yo estaba en Lima. Y nadie podía moverme de allí.

Hacia allá voy ahora.

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