Andrea Bettocchi: “El nacimiento y la muerte son grandes tabúes en nuestra sociedad”

andrea bettocchi

Andrea Bettocchi es una gran mujer. Es periodista, hasta hace un tiempo fue conductora de un programa de conversación en cable y también es ‘doula’, pero dejó la tele cuando llegó Amaru, su tercer bebé. La conocí en un momento difícil de la vida y en solo unas horas no solo me abrió su corazón sino también, y sobre todo, abrió el mío. Lo expuso y dolió pero también empezó a sanar. Le gusta llamar a su familia su ‘tribu’ y en esta entrevista, extraña para un blog íntimo como este, cuenta muchas cosas que a mí me hubiera gustado decir con tanta sabiduría. Pero ya se sabe: eso, sobre todo, les nace a las mamás. “Uno muere y vuelve a nacer con los hijos, ellos son nuestros maestros”, sentencia.

– Con tres hijos, ¿cómo lograste conjugar el trabajo con la familia?

Dejé de trabajar en una oficina con la llegada del tercer bebé, pues se me hacía muy difícil tener tantas pelotas en el aire: el bienestar de los niños, la respuesta adecuada en el trabajo, el manejo de la casa, tiempo para mi matrimonio, tiempo para mi. Solo de pensarlo me agoté. Fue una decisión muy difícil porque implicaba dejar de percibir un sueldo, pero creo hoy que fue para mejor. Ahora que el más pequeño ya está creciendo, es más fácil mirar al futuro pensando en reanudar una vida laboral más tradicional.

– ¿En algún momento tu trabajo ha afectado la relación con tu pareja y tus hijos?

Por supuesto, creo que la afecta desde el momento en que me afecta a mí. Lo hace desde un buen lugar, porque mi trabajo es algo que me gusta mucho, es una prolongación de mi universo interior y lo hace desde un mal lugar porque me quita tiempo para mi familia y mi pareja. Cuando trabajaba en una oficina de 9 a 7 sufría muchísimo. La distancia me mataba, la pena de perderme la vida era algo con lo que tenía que lidiar. Ahora que estoy tratando de trabajar en lo mío y criar a mis hijos al mismo tiempo, soy mucho más feliz.

“A nivel de pareja, sobre todo, somos un poco la última rueda de este coche, pero tengo la esperanza de que no siempre será así, que los niños crecerán y el tiempo volverá a ser nuestro aliado”.

– ¿Cómo es ahora tu vida enfocada en tu tribu?

Mi vida ahora es sumamente caótica. Yo no sé quien dijo que las mujeres que quedábamos en casa teníamos una vida ordenada, aburrida, falta de actividad o sosa. La vida en casa es una avalancha de 24 horas, siete días a la semana. A veces fantaseo con escapar a una oficina y otras miro a mi alrededor y me doy cuenta de lo maravillosamente privilegiada que soy por tener la posibilidad de criar a mi tribu desde la cercanía del minuto a minuto. Agobiante, agotador, gracioso, agotador, luminoso, feliz, por momentos contemplativo, agotador nuevamente, pero sobre todo desafiante, así es mi día a día con los tres niños.

– ¿Se puede trabajar en equipo para evitar que la ausencia del padre que trabaja?

Es que creo que se debe trabajar en equipo, por lo menos en mi caso. Con tres niños, sin equipo y redes de contención y marido/padre/amigo cercano no podría hacerla. Cuando yo necesito ausentarme, mi esposo toma la posta, normalmente en las noches, cuando regresa del trabajo. Yo trabajo sobre todo de noche, escribiendo, investigando, dictando charlas, etc. Sin ese apoyo no podríamos tener la vida que tenemos. Pasa la factura por momentos, a nivel de pareja, sobre todo, somos un poco la última rueda de este coche, pero tengo la esperanza de que no siempre será así, que los niños crecerán y el tiempo volverá a ser nuestro aliado.

“Yo no sé quien dijo que las mujeres que quedábamos en casa teníamos una vida ordenada, aburrida, falta de actividad o sosa”.

– ¿Qué consejos podrías darle a los papás para conjugar armónicamente el trabajo con la vida familiar?

Es difícil darlos, pues las dinámicas familiares son algo muy personal. Sé que a mi me funciona no perder la perspectiva de las cosas. Cuando uno parece querer ahorcarse con su propio pelo, siempre debes pensar que estas en el lado blandito de la vida, que las oscuridades de la maternidad/paternidad están allí sólo para permitirnos reconocer la luz. Reírse de uno mismo siempre funciona, los padres que se toman todo muy en serio tienden a sufrir mucho, porque los hijos le dan un sentido de gravedad a la vida muy grande.

Decir todo el tiempo lo que uno siente y piensa, incluso a nuestros hijos, sin temor a quedar al descubierto como frágil o errado, uno es un ser humano y está haciendo siempre su mejor esfuerzo por amarlos a plenitud, pero que sepan que no es tarea fácil y que en pos de ese amor nos equivocaremos muchas veces. Finalmente, dejar la culpa de lado. La culpa es parte de nuestra cultura y es tan inútil y pesada como una mochila con piedras. Siempre seremos culpables de algo, sólo la inacción no genera consecuencias y cuando uno es padre no se puede dar el lujo de no actuar, hay que criar. Esos niños que tenemos son perfectos para nosotros y cuanto más rápido entendamos y abracemos el hecho de que nosotros también somos perfectos para ellos, más fácil y bonito será este proceso.

Eres ‘doula’ y acompañas a mujeres a dar a luz, ¿cuáles son los miedos más recurrentes de las primerizas? 

El miedo más recurrente es el que le ha sido impuesto con los años: miedo a no poder parir, a no poder criar, a hacerlo mal. Si las mujeres supiéramos transmitir de generación en generación que nuestro cuerpo es sabio y está hecho para parir niños, entre otras muchas cosas, otra sería la historia. De plano, las doulas no seríamos necesarias.

¿Si se puede acompañar a alguien a traer vida con un nacimiento, se puede también acompañar a morir? 

El nacimiento y la muerte son grandes tabúes en nuestra sociedad. Del primero se habla más: de la importancia de nacer sin violencia, del respeto al recién nacido, en fin, de todo lo que resulta obvio. Pero se ha normalizado la imagen de la muerte en la cama de un hospital, en soledad, en tristeza. No debería ser así. Yo sueño con la muerte acompañada, contenida, en familia, con música bonita. El dolor de la pérdida es inevitable pero no tiene que ser trágico, al contrario, puede ser hermoso también. Mi mamá murió hace un año y nueve meses y me hubiera gustado haber acompañado su último respiro, que mis ojos y los de la gente que la amaba fueran su última postal de vida. Pero no fue así. Es muy difícil romper el tabú de la gravedad de la muerte, el que manda obligadamente a sentir dolor.

“Se ha normalizado la imagen de la muerte en la cama de un hospital, en soledad, en tristeza. No debería ser así. Yo sueño con la muerte acompañada, contenida, en familia, con música bonita”.

¿Qué es lo más importante que has aprendido de tus hijos?

Ayayay, ¡qué pregunta! Uno muere y vuelve a nacer con los hijos, ellos son nuestros maestros en este loco camino de la vida. Son el espejo de lo que amamos en nosotros y en nuestras parejas, y también de lo que odiamos. Pero si tuviera que traducirlo me han enseñado el amor verdadero, ese que nunca muere; a ser resiliente, a seguir mi intuición, a ser más bruja que nunca, me han enseñado que mirar el abismo de la desesperación y querer saltar es normal. Que la música y los abrazos lo solucionan casi todo, que la comida no es tan importante, que cada niño es perfecto para cada padre. Me han enseñado que mi cuerpo es un templo salvaje, perfecto, hermoso, como el de todas, y que hay que celebrarlo.

 

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