Cuando no estoy contigo

Sábado, 4 de la madrugada. Abro la puerta de casa sin darme cuenta que las luces de la sala están prendidas. Lo primero que veo después de eso es a mi mujer cargando a Catalina, enfundada en su chupón. Ambas tienen los ojos soñolientos. Luego ella me dice que la pequeña se levantó a la 1 a.m., luego me la entrega porque sus pequeños brazos se abalanzan hacia mí como un imán, luego se desploma en el sofá, como es lógico. Yo no tengo sueño: tengo los ojos más abiertos que nunca. Como si fuera de día. O como si no fuera de noche. O, más precisamente, de madrugada.

¿Acaso mi hija pudo sentir que por primera vez en muchos meses, su padre llegaba tarde a casa, y por eso decidió mantenerse despierta y, quién sabe si a su modo, esperarlo?

Es raro, porque no ha ocurrido nunca. Y puede que suene raro también, pero yo sentía, en el lugar donde estaba, su pequeña compañía. En una sala de edición, mi noche se convirtió en madrugada sin yo saberlo, y estaba lejos y quizá algo triste porque sí, las cosas duras y los cambios duros te someten a ello.

Esa madrugada sentí de vuelta que volví al periodismo y que esa profesión, mi profesión, tiene eso tan satisfactorio y, al mismo tiempo, violento: hace que el tiempo vuele mientras estás en cualquier parte, contando historias.

Y el tiempo, así como ese día, ha volado. Y las horas pasan y yo siento cómo vuela por mi lado y de pronto es domingo, es lunes, y los días libres han volado, y en esos dos días hemos hecho muchas cosas: hemos hecho compras, hemos arreglado ciertas cosas, lavado otras, hemos salido al parque, salido a comer lo que nos gusta, he tomado una o dos siestas largas junto con Catalina (ella en su cada vez más chiquita cuna) y la sensación de que el tiempo vuele es desconcertante, como cuando era practicante. Es desconcertante pero gratificante. No sé realmente cómo decirlo o con cuál de los dos adjetivos quedarme.

¿Me extraña Catalina? Esa madrugada comprendí que hay energías que se buscan a la hora que sea, sea como sea. ¿Me duele cada vez que tengo que partir y la pequeña se aferra a mí, sabiendo lo que se viene? ¿Y llora y se pega como si no hubiera más en este mundo, y reniega? ¿Y puedo oírla mientras bajo las escaleras, y ese eco se mantiene por unos segundos, aun cuando no quedara más que el silencio de la mañana? Sí. Todo eso duele un poquito cuando uno es papá primerizo.

Hace tan solo unos meses hablaba de una nueva etapa, y ahora mismo inauguro otra. Soy otro. Soy el de siempre. Quiero contar historias, pero también me duele un poquito porque estoy aprendiendo a dejar ir. Pao me ayuda mucho, de algún modo me conoció así y sabe cómo es esto y para qué lo hacemos. Es la mejor mamá del mundo, ella lo sabe y yo también. Y sí, todo está bien, no debería haber tanto drama. Pero es raro y duro y ligero a la vez. Y por eso, precisamente, lo cuento: para expiarlo un poco.

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2 comentarios en “Cuando no estoy contigo

  1. madreseaprende dijo:

    Si! Te extraña!
    Mi maridete y yo compartimos crianza, día y noche, de una niña que ahora tiene casi 2 años.
    Mas o menos como a los 10 meses de Maite, mi maridete debió dejar la ciudad una noche; cosa que no es común. Ella solía pasar toda la mañana con él.
    En esa mañana, preguntó por él, sin hablar. A puro gesto y “papá” y nada mas. Yo le conté que él volvía al día siguiente como si me entendiera. Luego me fui a trabajar como siempre.
    Cuando volví, ella había pasado el día como si nada. Y pasamos la tardecita y noche como si nada. Hasta que se durmió.
    Durmiendo, sollozó y llamó a su papá varias veces. Nunca se despertó.
    Pero está claro la falta que sentía.
    Es amor.
    Y tu hija también te ama!
    Re lindo post. Gracias por compartir.

    • Beto Villar dijo:

      Muchas gracias por el comentario, es rarísimo pero te creo. Me gustó también tu historia. A veces los padres reducimos nuestro papel al de proveedores cuando nuestros niños suelen necesitarnos tanto, un beso!

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