¡No camines (mi espalda te lo pide)!

no camines!

Te han dicho que este es el primer gran momento complicado del año 1 pero tú ya no crees en nada: todos los momentos son, a su manera, complicados. Ahora mismo son las 10:26 de la noche, y hace un buen rato que Catalina se durmió. Luchó con el biberón, dio muchas vueltas en la cama, sonrió, como si nada, como si no hubiera sueño, aunque lo cierto es que se le cerraban los ojos. Su cuerpecito estaba jugando conmigo, haciéndome añicos la espalda.

Quién sabe por qué justo hoy decidió no tomar la siesta de la 1 p.m. y, a cambio de ello, eligió resistirse con furia a cualquiera de mis intentos por divertirla o interesarle. Estábamos solos, mamá había salido a trabajar y ella no quería nada de mí o, quizá, quería todo de mí. Todo al mismo tiempo. O (repito) nada. Y entonces caminó, agarrada de mi dedo, por donde quiso, cuantas veces quiso, desandando sus pasos, recorriendo otra vez el mismo punto final al punto inicial, y asegurándose de que yo lo recordara. No hard feelings. Así es esto, ya deberías haberlo entendido, hombre que se llama a sí mismo “papá”.

¿Cuál es el camino correcto en estos 70 metros cuadrados que llamamos hogar? Simple: el que nunca acaba. El departamento es chico y por eso mismo aburre. Me aburre, a ella no, solo a veces. ¿Les ha pasado que, de pronto, encontraron familiar cada metro cuadrado de la casa y hasta tuvieron un sueño recurrente en el que lo recorrían, una y otra vez, una y otra vez, como si no hubiera salida?

Entre las 7 y las 8 de la noche toda nuestra alegría padre/hija se convirtió en un eterno quejido: la niña tenía sueño, pero había que forzarla a estar unos minutos más despierta, de lo contrario, despertaría muy temprano, de madrugada, y quién quiere eso. Entonces siguió caminando, una y otra vez, e hizo lo que más le gusta y disgusta ahora: me hizo mostrarle los libros que su padrino le regaló por su cumpleaños. Una, otra vez, el mismo libro de atrás para adelante. De adelante para atrás.

Al principio he sido feliz porque las historias me ilusionan. Pero ya luego empiezo a imaginarme a los personajes de esas historias interpretando, cada vez con menos ganas, sus papeles de papel: el león enorme cansado, la mamá con sueño, a Olivia sin ganas de buscar a su muñeco favorito. Es como un espejo: todos empezamos a perder la energía. Las pilas se agotan.

La niña nos cansa y, de paso, se cansa. Pero no quiere dormir. Lo consigue recién a las 9, luego de un baño confuso, tibio casi frío, con juguetes aburridos, mucha espuma de champú y un papá luchando con la toalla pequeñita.

¿Hay algún cuento que hable de eso? ¿Del momento clave en el que la niña de rizos va a empezar a caminar y mientras todos esperamos eso ella prefiere cansarse de todo, aburrirse de la vida y vengarse contigo por ello?

En solo una hora Catalina me cansa, lo que me lleva a pensar que quizá he fracasado como padre.

Aunque no: tal vez solo sea una de esas noches complicadas.

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