¿Por qué bautizaré a Catalina?

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Todo está agendado: la fecha, el lugar y la confirmación del pequeñísimo grupo de personas que nos acompañarán ese día. Tenemos una madrina amorosa pero ajetreada y un padrino ateo que a pesar de ello decidió acompañarnos porque simple y llanamente la quiere.

Catalina será bautizada en unos días por injusta elección de sus nada santos padres. Será víctima de los designios de la naturaleza dominante de una familia breve al año y casi dos meses de nacida. Está bien: así son las cosas a veces. Ya luego, si quiere, podrá decirnos lo que quiera. Esperemos que no quiera decirnos nada.

¿Está bien? ¿Hemos hecho bien? ¿Hemos hecho bien, como en su momento creyeron hacer bien la mayoría de padres católicos de este mundo en pecado? ¿De mis padres, o quizá solo de mi madre?

Desde hace algunos días, durante las madrugadas en que no puedo dormir luego de darle de comer a mi hija, pienso en esto. En realidad, para ser sinceros, pienso en esto desde que supe que ella vendría. E incluso desde mucho antes, cuando me enfrentaba a esa idea de libertad que cantábamos, como poesía pura, cuando éramos ya viejos espíritus adolescentes. ¿Cuánto derecho tengo a darle a una persona, que ni siquiera sabe caminar, algo en lo que creer? ¿Algo que no se ve ni se toca ni se huele ni se oye, sino que se siente? ¿Algo como el aire ese al que los católicos lanzamos oraciones apenas el avión entra en turbulencia?

La fe es esa cosa que aparece de pronto, como sorpresa, y quién sabe si esa sorpresa sea o pueda ser también un chorro de agua fría cayendo sobre tu cabeza al año y dos meses de nacida o el golpe de creencia que cae sobre ti mientras tu moto barre la pista mojada del tonto otoño en Lima. Y crees que vas a caer. Y quizá a morir.

¿Cuánto derecho tenemos Paola y yo de quitarle a nuestra primogénita su estado natural de inmortalidad? ¿Tenía que perder esa libertad solo porque a nosotros la idea de tener una chiquita católica se nos cruzó y quedó en la cabeza? ¿Es acaso la tradición algo que simplemente no tiene cura?

Es difícil responder a todo esto sin sentir que estás siendo algo hipócrita. Porque a veces reniegas del mundo y de las injusticias (o de tus injusticias) y eres egoísta y descrees de todo, pero en las noches, cuando tu pequeña acaba de dormirse, miras la imagen de una virgen que un gran amigo te regaló y no puedes evitar encomendarla a ella.

O que pase algo como esto: que tu hija, en medio de un supermercado, se acerque al cajón donde venden las películas y coja una biografía de Francisco y diga: “papa”, y sonría. La imagen es extraña e increíble y hasta cursi, pero yo eso lo recordaré siempre.

O que en cada momento que tu hija te maraville, sea con una sonrisa, con una mirada tierna o mostrando algo nuevo que hace, lo único que te nazca decirle es algo que tu mamá le dijo, con ternura, la primera vez que le sonrío: “Dios te guarde, hijita”.

Son cosas inexplicables, cosas que nacen de adentro del corazón más gris que pueda existir, del corazón más gris que un día de febrero se volvió un poco más blanco. O de una madre que adora a su hija. De un corazón que cree, que no cree, que escribe, que ama y adora. Ya luego si quieres, Catalina, podrás decirnos lo que quieras. Pero por mientras te regalamos una especie de fe.

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