Lo peor de todo…

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Lo peor de todo no es el momento ese en el que el llanto ahogado de tu hija te saca del sueño más profundo cualquier madrugada, sino aquel en el que te das cuenta que ella no va a dormirse de vuelta y, por consiguiente, tú tampoco.

Ahorita mismo, en menos de una hora (son las 10 p.m.), Catalina ha interrumpido su sueño dos veces. Dos momentos exactos en los que he debido parar mi trabajo para arrullarla de vuelta, para darle lo último de leche que no quiso tomar del biberón cuando inicialmente la dormí, para pasearla un rato y para rezar, muy adentro, muy con golpe de pecho, porque no sea alguna molestia que le vaya a durar la noche entera.

¿Podría ser? Sí. Nos ha pasado antes, muchas veces, en estos 390 días a su lado. La hora gris -ese momento que podía llegar de madrugada y que era inexplicable y malévolo y que solo después de muchas semanas comprendimos como algo que iba a ser imposible de evitar-, los primeros gases atracados, un resfrío leve que sin embargo para ella era gigante, cualquier dolorcito enorme y sí, un diente a punto de estallar por entre las encías: todo eso era capaz de movernos el piso y cambiar el orden en que la noche y el día -las horas, los minutos, los segundos- se sucedían.

Ahora mismo la noche y el día ocurren de forma distinta. Yo me estoy encargando de la teta de las madrugadas y, quién sabe por qué, luego de esta, cuando la beba ha dejado nuevamente de moverse y entra otra vez en un sueño profundo, yo no puedo cerrar mis ojos sino hasta, por lo menos, una hora después.

Es injusto. Sí. Lo confieso, es algo que hago porque amo a mi pequeña pero luego me quejo en silencio mientras doy vueltas y vueltas en la cama, tratando de encontrar el camino de regreso a esas dos horas más de sueño. Porque soy humano y, además de hueso y carne, estoy hecho de bostezos.

Así es el momento: mi hija lanza un quejido, yo me levanto al instante y, sin saber bien si lo que digo se entiende, le pido a Pao que prepare el biberón. Me acerco a la cuna y allí está: una bebe buscando quién sabe qué en la oscuridad. Le acerco el chupón, cuadro la almohada bajo su espalda y cabeza y la recuesto. Son segundos clave: si su madre se queda dormida corremos el riesgo de que se despierte del todo. A veces, por eso, es un quejido mío y no suyo el que atraviesa la noche.

Su madre, entonces, llega, nos da la teta y se vuelve a ir. Yo tengo un ojo abierto y el otro intentando preservar como pueda el sueño del que me he salido a la fuerza. Lo peor es cuando he trabajado hasta tarde: allí ni siquiera he podido comenzar a hacerlo. El biberón hacia la bebe, la bebe aferrándose a este mientras respira hondo, profundo. Quién sabe cuántos minutos después, con mi mirada fija en ese pequeño pedacito de ventana que no tapamos con la cortina y por el que se filtra el azul, el vacío del biberón lo anuncia: hemos terminado. Queremos volver a dormirnos. Gracias, buenas noches.

Chupón de vuelta, me doy la vuelta, adiós.

Y así empieza mi pequeño episodio diario de insomnio.

Y es peor cuando ella a veces no quiere dormirse. Allí es cuando todo -literalmente- se destruye.

Tengo sueño, lo tengo desde que Catalina nació, y sí, me dijeron mil y un veces que eso pasaría, pero no lo quise creer. Ahora ya es muy tarde: ni la peor rabieta me hará tanto bien como un Alprazolam de 5 mg. Pero no quiero un Alprazolam de 5 mg.

Es mi momento de catarsis, me digo. Es mi momento de soltarlo todo, me digo. Pero también mi momento para entenderlo: es la vida que elegí. Caótica, como lo dice el comercial, y feliz y a la vez dura, interminable. Y a veces bien podría inventar alguna excusa para no llegar tan rápido o para salir a tomar un trago con un amigo el fin de semana sin tener que pensar en mi niña.

Sería muy fácil, pero es realmente lo más difícil, si no imposible, no hacerlo.

Soy freelance y trabajo ocho horas de lunes a viernes y ni bien llega la noche del último día me muero de ilusión por lo que vendrá: dos días enteros para disfrutar con mis mujeres. En la piscina, en el almuerzo con mi mamá, en el parque en el que vemos patos y peces e inoportunas palomas hambrientas, en la sala y en su cuarto, al que llega siempre agitada de tanto caminar y jalarme o jalarnos.

Nada me ilusiona tanto que ese momento en el que, sin saberlo, sus dos pequeñas manos nos convierten en uno: una agarra a papá, otra agarra a mamá. Se empieza así a caminar. Y se camina hasta el fin.

Lo mejor de todo es eso. Ya luego el sueño.

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