Se busca un papá gay

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Tal vez ahora mi hija vea en su mamá y su papá a una misma cosa cariñosamente amorfa: una persona con dos brazos, con dos ojos y con una sonrisa que está allí todo el tiempo, que la arrulla al dormir, que le cambia los pañales (a veces bien, a veces mal), que la sostiene cuando está a punto de caer, que la alimenta y la acerca a los cachorritos para quitarle el miedo, que la abraza y la besa infinitas veces en un día o acaso en una hora o un minuto.

No sé, quizá me equivoque, pero para Catalina los dos somos, de momento, una misma persona. Puede que distinga que Paola tenga una cabellera más larga (y por eso le guste jalársela) o que sea yo quien ponga la música o se encargue de las tonterías propias de un padre baboso para hacerla reír, pero a la larga somos, para ella, dos personas capaces de amarla por igual. No importa que yo sea hombre y Paola, mujer.

La adopción por parte de parejas homosexuales se juega esta semana su partido más importante en Colombia. Las opiniones, como es de esperar, están divididas, y las favorables permiten sostener, en suma y con respeto, que no hay evidencias científicas que permitan negarles a estas la posibilidad de criar a un pequeño, que no existe el riesgo de “afectar” el desarrollo de un menor solo porque dos hombres o mujeres se encarguen de su crianza.

“La evidencia científica internacional disponible hasta el momento permite afirmar que el desarrollo psicológico y social de los niños en custodia, adopción,  visita o cuidado subrogado por padres homosexuales o parejas del mismo sexo no muestran diferencias en comparación con los de padres heterosexuales”, sostiene en este comunicado la Asociación Colombiana de Psiquiatría, una institución a la que el gobierno de ese país no le pidió opinión.

Por otro lado, un informe de la Universidad del Externado, citado en este portal, señala: “Tal vez el problema esté mal planteado. No se trata de si la pareja es o no heterosexual, sino de si cumple con las condiciones humanas, éticas y afectivas para ofrecer un espacio de crecimiento y formación a otro ser”.

En estos días ha habido posiciones similares como veladamente contrarias a la adopción como la de la Universidad de la Sabana (cuando se remiten a un sondeo), pero al final, creo, se ha cumplido un saludable objetivo: abrir la mente, o al menos darnos la posibilidad de hacerlo.

Esta mañana, el mensaje de un viejo amigo colombiano en una red social me puso a pensar. Era simple, certero y, sobre todo, honesto: “Nadie será libre ni tendrá plenos derechos hasta que todos seamos libres y e iguales ante la ley”.

Pienso en mi hija y me pregunto si las voces raras que hago (voces de payaso, voces de soprano al cantar, voces que tratan de igualar a la de la mujer que canta en ese juguete que adora) podrán, de algún modo, confundirla. O si acaso la confundirá el hecho de que a veces vaya medio desnudo por la casa, o si estará confundida al intentar chocar sus labios con los míos o los de Pao en un juego tan desvergonzado como ingenuo. ¿Es acaso eso un símbolo de que algo anda mal? Pienso en mi hija y en su posibilidad de ser feliz a pesar de su padre o de su madre; en que, ante nuestra ausencia, ella pueda, no obstante, ser feliz y tener dos guías en la vida, sin que importe mucho su sexo. Me queda claro, me sale del fondo del corazón (y ya se sabe que de allí es donde sale lo más honesto) que cualquier niño en este mundo tiene derecho a ser amado, a ser educado y a valerse de las herramientas que dos personas que la amen puedan darle, sin importar las cabelleras o las voces que a veces hagan.

Se trata de amor y para ello no hay obstáculos. ¿O acaso no buscamos eso siempre? Los que han tenido hijos, y los que aman a sus sobrinos o los hijos de sus amigos como si fueran los suyos, podrán entenderlo. E incluso los que no los tienen ni los quieren tener, pero encuentran en la libertad un resquicio de eso que raras veces nos permitimos: liberarnos.

Pienso en mi amigo y en los años que lleva luchando en el mundo por esos derechos que aquí, en el Perú, negamos y que, quizá por miedo, por ese bendito y jodido miedo, somos incapaces de combatir, incluso desde las instituciones llamadas a hacerlo. Aunque bueno: sé en qué país nací, cómo vivimos ahora y qué es lo que tenemos pendiente.   

Me pregunto: ¿si yo fuera homosexual, sería incapaz de sentir, como lo sentí alguna vez, que mi vida no iba a estar completa sin un hijo?

La respuesta es simple y usted la sabe. Sale del corazón, merece llegar al corazón.

La imagen viene de esta historia.
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