Una teoría del dolor

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No recordaba una mala noche así desde hacía mucho y quizá sea importante hacerlo para que mi vida alrededor de la tuya sea real a cada instante.

Ahorita mismo el sueño se ha escondido en una mentirosa máscara armada con cafeína. Estoy un poco lejos, a varias cuadras, y las horas me ganan y desganan. ¿Se puede trabajar así? Intuyo que sí, pero no me lo creo. Somos padres y a veces queremos tener los ojos cerrados.

Hace unas horas, sin embargo, estábamos luchando contra el sueño para luchar contra tu dolor, pequeña Catalina. No tenías los ojos abiertos y eso dolía aún más, porque es difícil entenderte si no nos miras. Ese momento perverso de la paternidad en que la noche te permite ver más allá golpea, no sabes cuánto. Sobre todo cuando tienes 11 meses y es, por decirlo así, tu primera gran enfermedad. Un dolor de garganta que nos ha dejado a todos mudos.

¿Es tan así? ¿Es realmente tan así?

Soy un padre primerizo. Es así.

No es mi dolor y, sin embargo, es mi dolor. Si una pequeña que es parte mía se embarca en su primera travesía jodida en este mundo aún más jodido, ¿no tiene acaso sentido que la acompañe? Su madre, claro, soporta todo esto con más claridad y menos estoicismo: una llamada al médico en la madrugada hace las veces de un calmante. Una visita al médico durante la mañana hace las veces de una lata de calmantes. Luego la niña come, luego tiene sueño, luego se duerme, entre pequeños bostezos adoloridos. Despierta a la media hora y no a la hora, como nunca.

Catalina, quizá este sea tu primer acercamiento al dolor y quizá ni vayas a recordarlo. Camino a donde ahorita estoy pensaba en esa forma que tenemos los humanos de prepararnos para lo que se viene. Sí, esto que sientes ahora, esto que te obliga a buscar nuestros brazos porque no quieres caminar ni jugar o acaso estar despierta, es solo una pequeña porción de las coas que aquí sobran. Cosas reales. A veces una enfermedad. Un dolor de garganta. Cosas que no son una mentira disfrazada o una bonita película de princesas o títeres. Se me hace fácil ahora decirlo porque no estás, pero si te veo probablemente sería incapaz de decirte estas cosas.

Soy y seré incapaz de mostrarte las cosas feas de este mundo, pequeña. Por eso te abrazo, por eso mi brazo se duerme cargándote, por eso mi camisa se empapa de sudor, por eso luchamos para estar despiertos mientras tú intentas dormir. No me sorprende mi capacidad para creerme invencible cuando tú eres débil. Creo que esa es, y será, mi única gran labor en este mundo. Tal vez puedas recordarme un poco por eso. Yo encantado de ser ese extraño e impreciso personaje secundario.

No ha pasado ni un día desde que enfermaste y has logrado quitarme de encima una pequeña y breve teoría del dolor. Logras cosas maravillosas conmigo, hija: que pueda entender lo que realmente importa. Que mi día se resuma en el aprendizaje. Y que pueda prometerte, aquí, ahora y siempre, que estaré allí para ti, sea lo que sea, pase lo que pase.

Porque lo único que me interesará será salvarte.

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