Todo será más fácil, papá

Todo será mejor-1

A ver, es bien sencillo:

Hay días, sobre todo los primeros días, en los que sientes que la cosa no parará nunca: los llantos en la madrugada o cuando está por anochecer, las miles de cosas que hay por hacer y para las que nunca hay tiempo -lavar platos, lavar ropa, planchar, recoger la basura de los basureros y sacarla, ver un poco de tele, darse una ducha-, el desorden de la casa, los días sin dormir y el cansancio acumulado durante semanas. La barba crecida, el cabello sin cortar, las dos únicas mudas de ropa interior mandándote un mensaje. La prioridad la tiene tu hijo, piensas, ya luego tu mujer y tú y lo que, hasta entonces, llamaban armonía en el hogar.

Y lo que hasta entonces llamaban armonía en el hogar era una película en las noches, con cervezas y pop corn a discreción, una noche que podía terminar a cualquier hora simplemente porque el día podía empezar a cualquier hora, viajes a cualquier lugar sin tener que pensar en las horas interminables en el avión o el bus y la posibilidad de que el bebe pueda aburrirse en el interín; cierta, digamos, libertad controlada.

Hubo días, sobre todo los primeros días, en los que tu ilusión se mezclaba con el desgano. Hay que aceptarlo: tener un hijo cansa. Sobre todo si eres primerizo o si, como yo, mantenías cierto orden individual. Tener un hijo multiplica tu alegría pero disminuye tu energía. Porque es energía de otro la que llega.

Despiertas muy temprano y hay que poner orden en la sala, desayunar, turnarse para las duchas, si acaso hay duchas; comprar comida o cocinar. Como papá, probablemente te gane el corazón siempre: querrás hacer feliz a tu mujer y correrás adonde sea para comprarle el jugo que le gusta, lo que ella quiera o se le antoje.

Es así: el bebe, luego nosotros.

Hay días en los que sientes que no parará nunca esta cosa llamada paternidad. Que has firmado un contrato por el resto de tu vida.

Y sí: lo cierto es que has firmado un contrato por el resto de tu vida.

Pero tranquilo: los primeros meses son así. Te quitan la respiración, te bajan las baterías como nunca algo lo ha hecho, ponen las cosas en su sitio, es decir, en su tamaño real.

Muchos días me vi en el espejo y comprendí que esto de la paternidad era real. Que ir a las consultas pediátricas y ver a otros papás con tu misma cara y tus ojeras era real, que mantener los ojos abiertos en el trabajo era empresa compleja pero real, que era real que alguien te dijera que no ibas a dormir más como lo habías hecho hasta entonces, que tu hija estaba allí, sin poder verte, pero estando, acompañándote.

Creo que durante sus primeros dos meses me enfermé tres veces. Siempre resfríos. De esos que tumban, de esos que se combaten con pastillas que te duermen. En terapia, la explicación fue simple: necesitaba un respiro y mi cuerpo decidió que esa era la manera.

Pero también, un par de veces, cuando Paola me mandó un par de horas a la calle para que, según ella, “tomara un poco de aire”, me vi parqueando el carro en una tienda para bebés. Sí: mis horas libres las pasaba comprándole juguetes a Catalina. Juguetes con los que pudiera jugar a pesar de que tenía días de nacida y no era capaz de coger uno o de siquiera mirarlo.

O me veía llegando al supermercado para ver qué chupón podía comprarle, o qué sonaja podían coger sus manitos.

Llegaba allí para ver qué le faltaba cuando a lo mejor a mí me faltaba una hora de sueño o de lectura o de tomar un café sin realmente pensar en nada.

Hay días como esos pero pasan. El tiempo pasa y tu hija duerme muchísimo más de lo que creías. Podrás dormir cinco horas seguidas, tomarán turnos para darle la leche, ya serás un capo cambiando pañales. Sus ojos perdidos en el techo o buscando tu voz se volverán ojos encontrándote en el día o la noche. Verás sus primeras sonrisas reales, sonrisas que acompañan o celebran tus tonterías, comprobarás cómo su espalda ha cogido la fuerza suficiente como para que ambos caminen sin forzarse demasiado, la verás buscar tus brazos. Algo se derretirá para siempre. Serás una baba andante.

Hoy, once meses y cinco días, Catalina brilla y mis ojos brillan y casi no hay ya ojeras. Casi no he vuelto a enfermarme convenientemente y me encanta volver a casa y verla. Y jugar con ella. Y llevarla adonde quiera ir sin que me moleste pensar en que luego mi espalda quedará molida. Y bailar con ella. Y bailar con Paola. Y bailar los tres. En serio: Todo es más fácil.

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