Miedo a ser padre II

Ha muerto el padre de un amigo y la sensación -suya, mía- es extraña.

No es que él sintiera tanto esa muerte. Según me dijo, no se hablaban hacía 8 años. Yo recordaba su mala relación porque -en parte- alguna vez, alguna noche, en medio de algunas copas de vino, evoqué también la mala relación que tuve con el mío. Que tuve pero ya acabó.

La raíz de todo no era sencilla. No se trataba simplemente de una mala relación, es decir, no es así de sencillo y básico. Para ambos, esa conversación trajo consigo un doloroso ejercicio de memoria, con recuerdos y procesos truncos. Con un crecimiento atascado, con una adolescencia con contratiempos, con silencios. Con preguntas que no se responden. Con preguntas que no se hacen. Con respuestas difíciles de digerir. O hacer. “Ya lo entenderás cuando crezcas”, decía. “Me gustaría entenderlo ahora”, decía. “Ahora no, cuando crezcas”, decía.

Claro: ni mi padre ni yo ni el padre de mi amigo ni mi amigo lo quisimos así. Es sólo que ocurrió.

¿Por qué, con Catalina de apenas diez meses, me asaltan estos miedos tremendos en las noches o cuando camino en la calle o cuando la veo sonreír? ¿Por qué pensar en esto de ser padre y, al mismo tiempo, vivir pensando en el riesgo constante de fregarlo todo? ¿De fregarla toda?

Lo sé, me lo han dicho incontables veces: nosotros no somos nuestros padres. No tenemos que repetir la historia ni repetir los patrones ni los errores ni tampoco, cómo no, los aciertos. No somos ellos, ni ellos son nosotros. Cierto que crecimos junto a ellos, pero hay un momento -tarde, temprano- en que la cuerda, el cordón, se corta.

Le llamamos independencia.

O también: partirnos en muchos pedazos para volvernos a armar.

Catalina, diez meses, más habladora que nunca, no se anima a caminar si no nos tiene a su madre o a mí agarrados de ambas manos. Sólo así se siente segura y arranca. A veces, como para probarla, le soltamos una: nada. Ella voltea o levanta su cabeza y nos ve. Hay silencio. Ese silencio nos dice todo.

(“Necesito las dos manos para avanzar”).

Catalina, diez meses, niña que batalla a diario por caminar, parece ser ahora más feliz cuando está en la calle, en un parque, persiguiendo patos o palomas, o en una resbaladera. O es más feliz aún en los momentos antes de quedarse dormida por las tardes, cuando comparte la cama con nosotros, nosotros más dormidos que despiertos, y empieza a jugar, recostada, como quien se va relajando, tranquilamente, sin pedir nada. Si pudieran vernos, verían esto: la pequeña rodeada por sus papás, buscando nuestras miradas a cada instante, nuestro aliento, que es el único aliento que parece necesitar, para aprender y crecer y ser feliz porque sólo se puede ser inmensamente feliz en ese instante, con esas pocas cosas, con esa poca edad.

Nos tiene, es suficiente para ella y para nosotros.

Catalina, diez meses, casi un año, mantiene incólume la pureza y la forma de la pureza en sus dientes que, de a pocos, le nacen. Se desarrolla y es un proceso doloroso pero allí estamos mamá y papá. Creo que con eso basta, ¿no?

¿No basta con que tengamos miedo para rehuir a eso que nos lo despierta? ¿Necesitará mi hija saber que por ahora su papá es un manojo de miedos por los recuerdos que son como fantasmas y lo persiguen?

No, no lo necesita ahora, ni lo necesitará nunca. Pero yo sí necesitaré un tiempo para procesar esto.

Ha muerto el padre de un amigo y tal parece que la sensación que nos queda pronto nos movilizará.

Estoy listo para romperme en mil pedazos.

LEA AQUÍ: MIEDO A SER PADRE I

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