Papá Noél existe

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Entre las pocas las cosas sobre las que tenemos certeza en estos tiempos, Papá Noél es, seguramente, la más clara de todas.

¿Paradójico que una figura que ahora sea tomada casi casi como una fantasía sea lo más real que tengamos para Catalina? Na. En realidad es algo muy simple: nos ilusiona llegar al día en que podamos ver, también, la ilusión en los ojos de nuestra hija, ver el regalo a los pies de su cama, esperando ser abierto, y ver -y disfrutar- a una niña enfundada en pura ingenuidad y ternura. Ver sus ojos brillantes, su sonrisa grandota, sentir sus brazos rodeándonos. Es una ilusión, sí, pero es la mejor de las ilusiones.

Confieso que fui reticente al principio porque sencillamente no comprendía -como muchos de ustedes, quizá- cómo un evento que tiene mucho -quizá todo- de material podría ser un factor determinante en la niñez de nuestra pequeña (pequeña que, por cierto, pasará su primera Nochebuena con los ojos cerrados).

Pero bastó que Paola me contara cuán feliz fue cuando, cada mañana de Navidad, se levantaban con su hermana y veían los regalos que sus papás les habían dejado la noche anterior a los pies de sus camas. Casi ausente de detalles, su relato era hermoso por lo simple, por lo fácil que definía la felicidad en un instante.

Porque de eso se trata la niñez, ¿no?

Ahora mismo recuerdo esa Navidad, no sé exactamente de qué año, quizá de 1991. Mi papá había viajado y era la primera que pasaríamos las fiestas sin él. Éramos mi madre, mis tres hermanas mayores en una casa enorme que, de a pocos, iba quedándose sin nada. Intuyo que mi madre intentó ponerle fuerza a todo, llenar, en algo, el vacío de esa ausencia, pero seguramente no fue fácil. Antes de eso, las fiestas las pasábamos juntos en una salita pequeña de la casa, viendo tele y cenando y jugueteando mientras esperábamos las doce. Ese 24, lo recuerdo bien, la ilusión anduvo casi perdida, tanto así que no recuerdo haber llegado despierto a la medianoche.

Lo que ocurrió la mañana siguiente fue mágico. Ahora recuerdo -como creo que realmente pasó- que mi hermana mayor había conseguido una práctica en algún lugar y, con su sueldo, nos compró regalos a todos. Eran regalos pequeños, puntuales y, sin embargo, son los que más tengo presentes hasta hoy: una pelota Viniball de Alianza Lima y un muñeco Alf con su nave. Pensar en ellos me emociona. El gesto de mi hermana, de llenar el vacío y los primeros visos de una crisis que duraría años, es algo que aún hoy me llena. ¿Es posible ser feliz con cosas así? Claro. Paola me lo recuerda, mi hermana me lo recuerda, mi hija me lo recuerda.

Este año, con todo el amor del mundo, Paola decidió comprarle solo un regalo a nuestra hija, ahora de diez meses. Estoy seguro que, como me lo ha dicho, es un mensaje: Ya tiene muchas cosas. No necesita más.

Y sí. No necesita más que lo que día a día está aprendiendo gracias a quienes la rodean. Porque se trata de amor, de cosas simples, y de un regalo que lo contenga todo. De un solo regalo pero bien dado, como un buen beso o un te quiero en medio de dos sonrisas.

No necesita más que una ilusión pequeña y a Papá Noél diciéndole, con su barbota y su vestido rojo, que todo en este mundo puede ser una bonita fantasía si nos lo proponemos.

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