En defensa del primer diente

DIENTES PAPA CRONICO

¡Oh, Catalina, cuántas noches perdidas hemos pasado en tu nombre!

(O acaso sería mejor echarle la culpa de nuestros desvelos a tus dientes, esos retacitos blancos que, de a pocos, explotan de tus encías como maíces pop corn).

Las dos últimas semanas han sido fatigantes, como si los días hubieran tenido menos horas y aún menos momentos de sueño. No recuerdo haber tenido madrugadas tan intensas desde aquellos primeros días tras la llegada de nuestra hija, días en los que la noche se confundía con el día y la recién estrenada cama se convirtió en nuestra sala de experimentos (fallidos).

¿Cómo puede la salida de un diente cambiar el tan placentero sueño de cinco horas seguidas o quizá cuatro, si es una buena noche, y volverlo todo un amasijo de cansancio, discusiones y resignación? ¿Por qué justo en esas semanas llenas de trabajos y proyectos? Bien simple: A falta de palabras, el cuerpo de Catalina habla desde su crecimiento, desde su alargamiento o sus llantos que son resondrones, o desde sus gritos cuando ve a mamá y papá hablar y no admite que alguien más sea el centro de atención.

Pues bien, yo elijo, pese a todo, defender al diente por, precisamente, eso. Ahora mismo estoy en un café, recordando, con los ojos entrecerrados y el sueño de las cinco de la tarde, cada noche y trasnoche peleándonos con su mamá por ser quien no tenga que ir a palmearla para que se vuelva a dormir, o cargándola cuando eso no surtía efecto; o fingiendo dormir para aprovechar unos minutos o saltarme el turno de la leche; y aún así puedo sentir que mi hija crece y que una gran parte de ello es doloroso o intenso y que el descubrimiento de saberse otra la asombra y nos asombra. Y que gracias a ello es perfecto en su imperfección.

Elijo defender al diente que recién sale porque, pese a las horas despiertos o ‘sonámbulos’, pese a sus fiebres y días llenos de irritaciones, Pao y yo no podemos sino sonreír al verla sonreír, mostrándonos esos pedacitos de lo que en solo algunas semanas serán sus primeros incisivos.

Y no nos importa mucho que salgan chuecos o acaso volteados 180 grados: preferimos que nos deslumbre la belleza del cuerpo creciendo, de una bebita que se desarrolla.

Y no importa tampoco que hayan demorado en salir hasta los 7 meses, cuando, según leo, lo normal es que lo hagan a los cuatro. Vamos, ¿qué es normal en un bebe? Soy, felizmente, un convencido y un impulsor de la ‘originalidad’, y aplaudo a los padres que no siguen al pie de la letra ninguna regla, sea una antigua o esas que se multiplican ahora con la llamada crianza alternativa.

Sí, en apenas nueve meses he pasado de creer que hay una especie de “biblia” de la paternidad a celebrar la singularidad de cada familia, de cada padre y cada hijo.

Por lo demás, ver salir dientes me ha llenado también de una pequeña y breve intriga: ¿cuán duro ha sido y cuán rápido olvidará Catalina esta pequeña etapa? ¿Recordará alguna vez que nos demostró, gracias a ellos, que es una niña fuerte?

Es cierto: la pequeña crece. Pronto la veremos diciéndonos adiós, camino a la universidad.

Ja.

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