Catalina y el cambio climático (porque sí, tienen que ver)

Por estos días mi cuerpo no da más: es el tercero de cobertura periodística como editor de esta web y, desde el primero de ellos, mis jornadas han básicamente terminado con mis piernas obligando al resto de mi cuerpo a sentarse. Nunca antes lo había sentido. Quizá sea que los años de este oficio raro empiezan a pagar factura.

En medio de un lugar de trabajo en el que hay metros y metros y metros (kilómetros) de mensajes que se clavan directo en tu conciencia, es imposible no pensar en dos asuntos que, para mí, son, de momento, cruciales: mi hija y el planeta que ella podría ver en el futuro cercano.

Porque sí: he decidido creer que el calentamiento global existe y que viene precedido por mucha evidencia científica. Que no solo debe ser visto como un fenómeno natural del planeta sino también, y sobre todo, como una consecuencia de años y años de industrias que jamás pensaron, o quisieron pensar, en lo que hacían más allá del dinero. Que sí: puede que los mensajes que nos llegan sobre este tema suelen ser muy técnicos e imposibles de digerir o, en el peor de los casos, meramente catastróficos (la imagen del oso polar en un océano con unos poquitos pedazos de hielo es uno que ya no aguanto más), pero eso no quita que tengamos que negar lo evidente: en el mundo hay cada vez más eventos asociados al clima que antes no veíamos: sequías más extensas, heladas más duras, pueblos enteros dejando el lugar donde siempre vivieron por una razón en apariencia simple: lo que allí queda no es nada más que muerte o acaso el anuncio de la muerte.

Claro: mi hija -nueve meses y poco más de una semana,  ganas incontenibles de hacer ruidos poniendo su mano en la boca, gustos musicales variados- ignora todo esto. Y seguramente será así hasta dentro de algunos años, tiempo en el que, espero, quienes estamos en el planeta hayamos ya entendido -e interiorizado- las consecuencias de lo que ahora hacemos sin pensar. No, no es, ni por asomo, demagogia ni cursilería. Si estamos aquí ahora viendo lo que vemos cada día en las noticias es porque nos hemos olvidado por completo de los compromisos.

Resulta difícil pensar en un cambio, sin embargo. Lo sé: ¿cómo pensar en todo eso siendo un pesimista? Hay cosas que en mí no cambian. Pero en mi defensa diré que soy algo parecido a eso que alguna vez leí, una definición maravillosa de quien se cree, la mayoría de veces, todo lo malo del mundo: un optimista bien informado.

Veo difícil que las empresas que ahora mismo están produciendo los juguetes que mi hija tiene o le compraré entiendan que el dinero que ganan no vale nada frente a los gases que sus máquinas están produciendo y emiten a diario. Veo difícil que los gobiernos puedan poner reglas claras o más estrictas para evitar que la deforestación se lleve más hectáreas de bosques en esta parte del continente o en cualquiera (finalmente, lo que pase a miles de kilómetros terminará, a la larga, afectándote, seas rico o pobre). Veo más difícil aún que una compañía pueda admitir esas reglas, pues son tiempos de pensamientos extremos y cada dólar vale. En medio de una reunión de 195 países que, paradójicamente, se hacen llamar Partes, veo difícil que alguno de ellos pueda decir, claramente: “Esta es la lista de reglas que pondré a los que hoy dañan el mundo; si no las aceptan, que se atengan a las consecuencias”.

Imposible, ¿no? Quizá no.

Lo que espero que vea mi hija debe ser lo opuesto. Sí, los escenarios que manejan la mayoría de estudios científicos son catastróficos hacia el 2050, pero quién sabe si todavía estemos a tiempo de frenar algo el aumento de la temperatura. Ya se sabe: lo que uno hace se replica en el resto, y viceversa.

Catalina, nueve meses y contando, es una pequeña de sonrisa amplia como la de un dinosaurio hambriento que, según mis pronósticos, figurará como una aclamada economista con residencia en Londres y dispuesta a levantar aún más que yo la voz por eso que precisamente ahora, esta noche cerrada, en un mes caliente, me preocupa.

Es lo único que pido: que mi voz sea su voz.

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