Quisiera ser un downshifter, pequeña Catalina

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Por primera vez en varios meses no hay ruidos de una niña en esta casa. Exactamente desde hace 36 horas. Exactamente desde que Catalina se fue con su abuelita, llevándose sus juguetes, algo de ropa y esa mirada suya que todo lo atraviesa.

Esta casa me es ya completamente extraña sin ella, y ni aún la mejor música -no oiré nada que me la recuerde- puede acaso superar en algo el ruido de un cuerpecito despertando malhumorado. Un ruido que es, a la vez, paz y vida.

Desde que nació mi hija, han sido pocas las oportunidades en las que, comprometidos con trabajo -ella desde el freelance, yo desde una chamba estable-, mi chica y yo hemos tenido que dejar que su abuela se la llevara a su casa para cuidarla. En mi anterior trabajo solía llegar a casa casi a la medianoche y difícilmente coincidían mis momentos libres con los de Pao en días laborables. No había otra opción, aunque lo quisiéramos. ¿O no era así?

Cierto es que llevamos ya casi nueve meses sin dormir más de tres horas seguidas, que nuestros días empiezan con un espejo reflejando ojeras enormes y que a veces el mediodía parece un buen momento para caer rendido, como si fuera ya de noche. Cierto, también, es que a veces sentimos que necesitamos un respiro. Confieso que han sido menos de cuatro las veces en que Pao y yo hemos podido salir solos, en una cita, sin la niña. ¿Es normal? Sí, muchos te dicen que sí. Pero cuando llega el odioso momento de equilibrar tu vida familiar con el trabajo, algo -inevitablemente- parece chocar y repelerse.

Sí, yo decidí ser freelance para no perderme los primeros momentos de mi pequeña en este mundo largo y extraño, pero que ocurran cosas como tener que dejarla ir para así aprovechar cuantas horas sean posibles en un proyecto puede, simple y sencillamente, frustrarme. Hacerme pensar más allá de lo necesario. Ponerme, nuevamente, las cosas en perspectiva. ¿Estoy dejándola ir a propósito? ¿Es el trabajo la peor medicina para un papá que quiere involucrarse más en esta aventura?

Debo ser realista: mi libertad tenía un precio. El más alto es este: sacrificar tiempo para manejar por primera vez esta bicicleta del trabajador a demanda, sin oficina ni vacaciones ni gratificaciones, utilidades o fondo de pensiones. Ha pasado menos de un mes desde que entré, y ya me siento un poco perdido.

El ‘downshifting’ lo descubrí hace poco gracias a un artículo que un amigo compartió en Facebook, pero hasta ahora es ese gran anhelo que se ve muy, muy lejano. ¿Qué es? El arte de vivir mejor con menos. Trabajar lo suficiente para no matarse y disfrutar de las cosas simples de la vida, esas que no cuestan nada pero que al final pueden ser el mejor recuerdo que tengamos. ¿Existen esas personas? Sí, quizá no podamos verlas.

¿Podríamos los papás primerizos ser downshifters? En “The Expectant Father”, un libro que ya mencioné en otra entrada, se destaca el hecho de que algunos padres pongan en perspectiva su vida laboral al enterarse de que tendrán un hijo, e incluso puedan negociar trabajar menos horas en el trabajo a expensas de ganar un sueldo menor. Pero también se habla de un miedo tremendo: ese que nos hace pensar que debemos tener mucha más plata de la que podemos hacer pues la llegada de un bebe implica un gasto imposible. Son estos tiempos, son los temores de estos tiempos.

Y yo he estado en ambos lados del río, y los transito aún. Soy un papá que decidió renunciar a su trabajo porque -en parte y sobre todo- quería agenciarse una vida más tranquila, y siento también que ahora mi meta es ganar dinero a expensas de mi tranquilidad.

No hay, lamentablemente, un espacio gris que de momento me permita ver las cosas con más claridad.

Sé que mañana, temprano, mi hija volverá y con sus juguetes y sus balbuceos hará otra vez que esta casa se llene de alegría y música. Mi mujer volverá de viaje también y vendrán ambas y todo volverá a la normalidad. Acabo de botar la bolsa de la basura, he bajado los cinco pisos y he descubierto un nuevo y ligero peso en el sucio paquete: un par de cajas de comida rápida que me hacen ver que hay algo que no estoy resolviendo.

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