Hasta que las almohadas nos separen

almohada

Habíamos leído sobre el colecho, esa forma tan de estos tiempos de decirle al mundo que amas con locura a tu hijo. Teníamos la cuna, pero decidimos dejarla en su habitación porque sí, “al menos los primeros tres meses Catalina dormirá en nuestra cama”. Ya después la pasaríamos a la cuna o veríamos si, por un tiempo más, mudábamos esa pequeña prisión de madera al cuarto.

Ingenuos nosotros: un hijo llega para apoderarse de absolutamente todo lo que tienes (y de lo que no): tu sueño, tus horas de ocio, tu soledad y, sí, también, y sobre todo, de tu pareja y de esa cercanía que les era tan maravillosa.

El colecho parte en dos tu vida y también a tu cama: de pronto Pao y yo nos habíamos convertido en las dos murallas soñolientas que impedían a una bebecita de apenas días caerse (¿?). Sí, imposible que ocurriera, pero en esos días de aprendizaje el temor era nuestro gran movilizador. En cada siesta, en cada minuto que aprovechábamos para cerrar los ojos mientras el pequeñísimo tornado que nos mantenía en constante ajetreo reposaba, armábamos el castillo en una cama queen, lo suficientemente grande como para que, en silencio, pudiéramos abrazarnos como siempre, pero que sin embargo parecía hecha para proteger, para arropar, para empollar.

(Curioso. Ahora que lo recuerdo, empollar era la palabra con la que, frente a mis amigos, resumía y me permitía excusar las  incontables ausencias a reuniones y todo aquello que significara el mundo exterior).

Y estaba bien. Se sentía bien tener a la bebé cerca, poder entender y vigilar su respiración a toda hora, descubrir su forma de despertar y la forma como sonreía mientras soñaba, disfrutar de su olor a cuerpo recién estrenado, a piel nueva, a pureza. Estar allí en todo momento, y que la cama fuera un pequeño universo ajeno a cualquier luz, sonido y maldad.

Lo que pasó luego fue lo extraño. Sí, el colecho se mantuvo por alrededor de dos meses y luego decidimos traer la cuna a la habitación, y, aunque nos costó un poco, conseguimos que Catalina entendiera que su lugar era ese. Sin embargo, ya con la niña fuera del peligro que traían mis volteadas en las madrugadas y los ronquidos, lo que atravesó nuestra cama eran, ahora, un par de almohadas. Sí, dos almohadas perfectas y limpias que casi nunca usábamos pero que siempre teníamos en la cama y que ahora ocupaban el espacio que había dejado nuestra hija al mudarse. Estaban allí como un acto reflejo de nuestra estrenada paternidad. Nos dividía y era imposible no pensarlo: estábamos separados.

Según una investigación reseñada en “The Expectant Father”, un libro que me gustó mucho, en el primer año del nacimiento del bebé, el 90% de las parejas experimentan un tremendo bajón en su comunicación, tanto en cantidad como en calidad. “Una vez que el bebé aparece, sufrirás un cambio abrupto y pensarás y harás todo alrededor de tu hijo”, refiere el autor.

Nuestra hija es todo. Pero en esas primeras noches en que caí(mos) en cuenta e incluso bromeamos con el tema de las almohadas, sentí, ligeramente, que nuestra relación podría estar llegando a un punto de no retorno: ese en el que miras a tu pareja y lo que ves es una mamá a tiempo completo. Y viceversa.

¿Cómo habíamos llegado a ser dos papás separados por un poco de algodón envuelto en hilos?

Lo cierto es que se trata de una etapa difícil para cualquiera: el centro, el foco está en otro lado, en una cuna, y luego de eso, sobre todo si no se cuenta con ayudantes, son pocas las cosas que pueden interesarle a uno.

Y sí, es difícil, cuando no imposible de obviar. Pasan las semanas y las almohadas siguen allí como un mensaje. Y la vida sigue, el sueño sigue, el cansancio se multiplica. Poco tiempo pasa antes de que descubres que ya ni siquiera las almohadas están allí: que una pared invisible se ha levantado sobre ambos. Y nadie parece querer evitarlo.

Es real. Es una distancia que parece marcarse y desmarcarse en un solo día, que sorprende por lo tenue, pero que podría afectar a la relación si es que, a mi parecer, esta carece de ciertas bases.

A nosotros nos duró algo. Y sí, lo cierto es que tanto ella como yo tuvimos mucho que ver: después de todo somos padres primerizos. Pero luego, cuando pasamos a la pequeña a su cuarto y el sufrimiento por esa adaptación (¡cuántas más se vienen!) terminó, los abrazos, lentos pero seguros, volvieron. Nuevamente nuestras espaldas volvieron a tocarse en las frías madrugadas, y la cama fue, nuevamente, enorme, pero ya de los dos.

No se malentienda. Ser padre no significa dejar morir a la pareja. El colecho, esa forma de unión en épocas de desunión, fue bien acogido, pero luego desechado por la salud de los tres.

Sí. No fue así de rápido, no pasó luego de que nuestra hija pasó al otro cuarto, pero al menos el entender que esas almohadas nos querían decir algo permitió que el tema fluyera y se resolviera solo.

A veces, sí, Catalina vuelve al calor de sus papás, pero lo hace porque o la vacuna dolió o sale un diente o está malita. Luego, es una niña respetuosa. Sabe que nuestro amor es también su amor.

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