El mejor cumpleaños que recordaremos

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En mis tiempos, los tiempos dorados de El Rancho y Hola Yola y Nubeluz, uno sabía cómo ser feliz: sin tanta televisión por cable, teléfono inteligente y música que habla de mujeres fáciles y tipos mujeriegos. Tal vez los míos fueron los últimos tiempos de la niñez que realmente podíamos definir: esa que gozaba con el olor a pasto mojado de las tardes de verano, de los juegos en las veredas y los parques, de los juguetes sencillos y sin nombres raros, una niñez con todas esas ingenuidades de un niño que se sabe niño y nada más. En un chachicar -y no en una patineta partida en dos- se podía conquistar el mundo.

Algo de esa nostalgia me entró en la tarde del último domingo cuando llevamos a Catalina a su primer cumpleaños. Su pequeño amigo Ignacio cumplía un año y nos habíamos alistado desde hacía varias semanas para la ocasión. Porque claro: en estos primeros meses de vida todo, exactamente todo lo que uno hace tiene una carga, pequeña o grande, de ilusión: la primera teta, la primera risa, la primera sentada, la primera comida. No habíamos elegido cualquier regalo, sino uno que nos había encantado: un triciclo sencillo pero que evocaba buenos viejos tiempos. Falta mucho para que lo use, pero igual ya lo tiene. (Compraremos otro para la bebe: eso está por descontado).

El cumpleaños, cómo no, había sido planeado al milímetro: los dulces, los adornos, el mensajito de bienvenida, etc. Pero algo, claro, era diferente: ahora éramos grandes, ya no niños viendo el mundo a través de la inmensidad de una casa o de la cantidad de caramelos en una bandeja. El pequeño Ignacio, además, estaba allí, adorado por quienes íbamos para celebrarlo y, al mismo tiempo, enfundado en la concentración que le da su pequeñez: bastaban él y los regalos dispuestos medio metro a la redonda.

No pasó mucho para que decidiéramos juntarlo con nuestra hija: ambos en un corral que los contenía, disponiendo a sus anchas de juguetes nuevecitos (los de la foto son ellos).

Y quizá a partir de ello se desató la nostalgia.

Mi madre guarda todavía las fotos de mi primer cumpleaños, uno que jamás podré recordar salvo por las imágenes que, de vez en cuando, ella nos comparte. Allí aparezco rodeado de mis primas y tíos y amigos que nunca volví a ver, y todo alrededor parece ser maravilloso: los regalos, los gorritos que cada invitado lleva puesto, las gelatinas y las chichas y los chizitos y la torta y la gente disfrutando y divirtiéndose. No puedo recordar el ruido de los niños que jugaron ese día alrededor mío, pero intuyo que es el mismo ruido que escuché el domingo: sonidos que nada tienen que ver con el cumpleañero. Porque sí: el cumpleañero tiene un año. Y, salvo una que otra cosa, esa fiesta probablemente no la entienda.

¿Qué razón oscura lleva a los padres a celebrar el primer cumpleaños de un hijo?, es lo que pensaba mientras veía y fotografiaba al payaso que -se notaba de lejos- hacía su trabajo con el automatismo de una cafetera. ¿Por qué hacer algo que no le interesa al cumpleañero? ¿Por qué mi hija, incluso, prefirió dormirse en mis brazos a ver el que hubiera sido su primer show profesional de títeres? Lo cierto, me dije, es que más allá de todo eso, la celebración tiene un tanto de romántico egoísmo: es una celebración de vida, la forma en que los padres muestran que han pasado 365 días y aún están vivos y quieren festejarlo porque la niña o el niño, que llegó al mundo con el cuerpo amoldado aún a la panza de su madre, ahora probablemente gatea o está a punto de caminar y eso hay que agradecerlo. Y también, por qué no, necesitamos fotos y abrazos y felicitaciones o todo eso junto, y también nos gustan los regalos o ver que a nuestro hijo le regalen miles de cosas, y todo ello vale el trance de un día en el que no se para ni para comer y el estrés puede ser tan o mayor que cualquier estrés de la chamba. (Aún puedo recordarnos a Paola y a mí corriendo de un lado para otro el día del babyshower de Catalina, ¡y eso que no nacía!).

Ver a los padres de Ignacio correr para todos lados, saludar y complacer a todo el mundo, organizar las cosas para que todo salga como estaba planeado y, sobre todo, atender al pequeño al que no le importa nada más que su juguete preferido y viejísimo, me hizo pensar en nosotros.

Sí, me entra la nostalgia y hay veces en que puedo preguntarme por qué ocurren ciertas cosas, pero lo cierto es que el 21 de febrero del 2015 estaremos allí, en el mismo lugar que ellos. Y será también una jodida pero maravillosa celebración de vida.

Y Catalina, tú probablemente no vayas a recordarlo, pero con 1.500 fotos intentaremos con tu madre que lo hagas.

(Aquí El Rancho: una última visita, cortesía de Henry Spencer).

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