Llanto en mi menor

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A un lado de esta habitación, el ruido del móvil de mi hija suena. Es un sonido familiar, calmo, repetitivo y encantador. Hay algo de tranquilidad en esta casa. Catalina, que acaba de tomar su leche, juega y de cuando en cuando admira a su madre, que seguirá trabajando cuando ella vuelva a dormirse. Le sonríe. Se sonríen. Es domingo. Han pasado seis meses y cinco días desde que llegó al mundo.

Si me lo propongo, puedo repasar cada uno de los días en que ella ha estado aquí. Desde el primero de mis pequeños errores como papá -esto es, descubrirla el sol del mediodía cuando tenía menos de 72 horas de nacida, al bajarla del auto- hasta aquel gran momento que tuvimos una noche en la que, mientras le daba la leche y le cantaba “Easy”, de los Commodores, ella se quedó mirandome, como alucinada, y no paró de hacerlo sino hasta cuando se durmió. Ese fue nuestro primer contacto de amor puro, un mensaje que, pequeñito pero profundo, me atravesó el corazón y no se ha movido desde entonces.

(Quién sabe a quién habrá visto esa noche; ¿era ya su padre?).

Son pequeños momentos perfectos y entre ellos, cómo no, está también el de su llanto.

Saber cuándo se hizo insoportable, cuándo movió nuestras fibras más débiles y puso, de buenas a primeras, de cabeza el orden en que manteníamos el hogar, es imposible. Pudo haber sido cualquiera de los primeros días, salvo que en esos, lo recuerdo y estoy casi seguro, el llanto era más bien la constatación de que nuestra niña irradiaba vida e incluso se nos antojaba como un brevísimo momento de rabiosa ternura.

Quizá el día (o la noche) en que su llanto se hizo irremediablemente incomprensible fue cuando nuestro cansancio se hizo visible, cuando habíamos pasado ya algunas semanas sin pegar los ojos y la paciencia había desaparecido (probablemente hubiese empezado antes, pero, como lo dije, por entonces sus lloriqueos eran más que nada un mensaje de vida).

Lo cierto es que todo lo hermoso se hizo de pronto oscuro: cada chillido nos quería decir algo, pero era confuso porque al parecer no era ni sueño ni hambre ni un pañal sucio ni un cólico; no era ni el calor ni la llegada de la noche o del día; no era la posición en la que estábamos cargándola ni una energía mala que se había colado en casa.

Sencillamente Catalina lloraba y no sabíamos por qué.

Entonces, cómo no, nos volvíamos locos: los ánimos caían mucho más, empezábamos la extenuante danza del cambio de brazos -“ahora yo la cargo, descansa un rato”, “es mi turno, aprovecha y báñate”, “la cojo de nuevo, ¿y si probamos con el Gaseovet?”-, poníamos música, apagábamos o prendíamos las luces, cambiábamos nuevamente el pañal, le quitábamos algo de ropa, le poníamos algo de ropa, la sentábamos en el columpio para mecerla un rato, apagábamos la música y nos quedábamos prácticamente inmóviles, confiando en que tal vez el silencio pudiera lograr lo que nosotros no.

Y, sin pensarlo ni darnos cuenta ni acaso ver el reloj para constatar el paso del tiempo, alguno caía inesperadamente en un sueño incómodo o se llenaba de fuerzas y volvía a la carga. Me recuerdo en algunas madrugadas (vale reparar en que esto ocurría a cualquier hora) despertando con un brazo doblado en una forma imposible, completamente adolorido, con la espalda descubierta y a merced de la humedad, y, muy cerca mío, a mi hija profundamente dormida en la mecedora. Su madre, cómo no, parecía rodearla toda, siempre, incluso en su sueño.

Y, más temprano que tarde, todo volvía a cero con sus primeros quejidos, casi imperceptibles.

Qué digo imperceptibles: desde que nació Catalina no volví a dejar pasar la caída de un alfiler.

Se podía perder fácilmente la paciencia simplemente porque no hay, acaso, un mensaje más contradictorio que el llanto. O más movilizador. Y esperarlo, o advertirlo, era atemorizante. No digamos una angustia, pero algo muy parecido.

En medio de la noche, cada noche de esos primeros días, el llanto en mi menor se metía en cada pedacito de este edificio.

“Su majestad, el bebé”. Es simple como esta cita de Freud. Un reinado hermoso y a la vez cruel, construido con lo más elemental: el instinto de sobrevivir.

Y pasó. Claro. Como pasa todo. De pronto, empezábamos a entenderla. Podía ser su hora gris, ese momento del día -un gran, misterioso momento- en que va cayendo la noche, la luz de la calle pierde potencia y sentido, y los bebés, tal parece, ven que algo está por acabarse o por cambiar y entonces pierden la cabeza y se internan en un llanto imparable, como de batalla perdida. Podía ser hambre, y para ello solo bastaba acercarla al cuerpo de su madre (su aroma, tal vez, funcionaba como un calmante natural). O, como hasta ahora, podía ser el mensaje más claro que le sale, el más afinado que tiene: sueño.

¿Pero era así de fácil: habíamos comprendido sus quejidos, nos habíamos vuelto grandes? Ahora, mientras vigilo su sueño, ella enfundada en su manta rosada de peluche, el chupón moviéndose, puedo decir que no, que no éramos nosotros, sino ella, la que, un día en que pareció vernos tan cansados, tan pequeños, decidió dejarlo allí y empezar a hablarnos.

Catalina había comprendido, al fin, el significado de su llanto.

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