Miedo a ser padre

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Mañana Catalina cumplirá seis meses de vida. Cada uno de ellos, cada hora, día y semana, han sido maravillosos, caóticos, inciertos, ilusionados. Con ella, gracias a ella, siento que al fin encontré mi lugar en el mundo: soy padre. Lo seré siempre.

Ha sido duro enfrentarme a mis miedos recurrentes, esos que me han tenido en terapia por años, buscando reconocerme, admitiendo, con lucha y lágrimas que, pese a todo, únicamente podré ser el padre que quiero ser. No mi padre, ni mi abuelo, ni el padre ideal que uno ve en las películas. Seré el padre que falla, que comete errores a cada rato, que acierta y busca, con cada pequeño detalle, ser lo mejor para una pequeñita que aprende, de a pocos, a reconocerme. Y también a reconocerse.

Mi miedo mayor fue convertirme en mi padre. Tengo que ser honesto: tuve una niñez dura, con mucha tristeza y rabia acumulándose junto con preguntas que nadie podía responderme. “Lo entenderás cuando crezcas”, decía mi viejo cada vez que, encerrados en mi cuarto, lo confrontaba. Era injusto: no quería esperar para saber por qué no tenía una familia común, como la del resto: unida. ¿Por qué mi viejo tenía que dormir conmigo, por qué un buen día compró un camarote y se instaló en mi habitación, por qué invadió un espacio tan pequeño para decirme, sin decirlo realmente, que estaba lejos de mi madre, que estaban separados, que tal vez no volverían a estar juntos y, sin embargo, compartirían un departamento?

Siempre lo he dicho: un niño no necesita eso. No necesita saber, tan pronto, que a veces un amor no dura para siempre. Algunas tardes, cuando tenía 13, en una temporada en la que casi ni salí de casa y me distancié de mis amigos, pensaba en lo extraño de todo esto. ¿Tenía yo que estar pensando en eso, tenía que preocuparme por todo eso?

No. Lo cierto es que no.

Y desde entonces, quizá sin darme cuenta, luché por no convertirme en lo que mi padre significaba: un hombre que desordenaba el mundo de su familia. Un hombre que podía fallar(nos) y volver y pedir disculpas y convertirse, solo para después volver a hacerlo. Un círculo infinito. Mi padre, sin quererlo quizá, estaba impartiendo dolor y enseñándome lo que eso significaba. Dolía mucho. Y yo no quería eso para nadie. No quería eso para cuando creciera. Y ya entonces lo entendía.

Catalina, lo sé, es fruto del amor que le tengo a Paola. Es fruto del deseo de convertirnos en uno, y en trascender cualquier historia y tristeza que hubiera invadido nuestra relación. Lo sé ahora: los niños llegan cuando uno lo desea y ellos también. Es una decisión de tres: de los padres y del hijo.

Y cuando supe que vendría, o que ya estaba entre nosotros, en esa panza que fue lentamente creciendo y llenándonos de felicidad e ilusión, junté todas mis fuerzas en la idea de ser el mejor padre que ella pudiera tener. En no convertirme en dolor para mi niña, y en enseñarle a amar a un hombre que puede fallar, pero que la quiere hasta la muerte.

El año pasado, creo que estando Catalina en la panza, vimos “Padre Nuestro”, una obra de Mariana de Althaus que me demolió por su excesiva honestidad. La honestidad de cuatro hombres contando sus experiencias como hijos y padres. El miedo que sintieron al enterarse que iban a serlo, las alegrías y penas que aumentaron cada día. La rabia. El desconsuelo. El silencio. La alegría de ver crecer a un chiquito. La enormidad de esa pregunta crucial: ¿Podré hacerlo mejor?

“Del miedo es de donde salen las mejores cosas”, es la frase que resume esta obra con la que lloré, como muchos otros hombres que estuvieron allí esa noche.

Del miedo es donde salen las mejores cosas.

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9 comentarios en “Miedo a ser padre

  1. Derlly Myriam dijo:

    Gracias por compartir parte de tu vida y que se repite en diferentes familias,pero con el gran ejemplo y conciencia de moldear de manera diferente tu historia ya que no todo es determinado,solo es vencer esos miedos,eso fantasmas que nos impiden ser Felices. que sigas experimentando toso eso que vas descubriendo y dar el chance que muchos puedan también dar a conocer sus historias y no se sentirán que están solos.

    • Beto Villar dijo:

      Muchas gracias Derlly. Cuando empecé este blog lo hice con la idea de que mi experiencia fuera la base para compartir con otros papás. Siento que entro en campos muy personales pero me está haciendo muy bien, felizmente. Un abrazo!

      • Gustavo dijo:

        Gracias por compartir. Algo que me costó aprender fue el entender que Los padres hacemos lo mejor que podemos y pecamos de ignorantes. Los errores de los míos me sirven hoy para decidir lo que no quiero ser, lo que no quiero hacer. Estoy seguro que nuestros padres actuaron sin percatarse del dolor que podían causarnos y muy probablemente nos tocará sin planearlo ni desearlo infringirle a nuestros hijos alguno.

      • Beto Villar dijo:

        Gracias, Gustavo. Es cierto: creo, como tú, que ningún padre nos falló intencionalmente. Yo al mío lo quiero mucho ahora, y he comprendido que no necesitaba perdonarlo, pues no fue solo su culpa. Gracias por escribir!

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