Inocencia interrumpida (en una sala de partos)

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Ciudad de Lima, distrito de San Borja, viernes 21 de febrero del 2014, segundos después de las 9:30 p.m.

El nacimiento de mi hija Catalina ha empezado en el salón de partos de la Clínica Internacional, pero yo no estoy allí. ¿Dónde estoy? Afuera, en la antesala, con una bata verde que me he puesto quién sabe cómo. Estoy nervioso y cansado, pero mis ojos están más abiertos que nunca. Pao ha cruzado ya las 22 horas de labor, un período que apenas interrumpimos con un sueño de menos una hora.

Digo interrumpimos porque hemos estado juntos todo el tiempo, yo sin perderla de vista en cada paso que hemos dado, en cada habitación a la que nos hemos movido, la una más fría que la anterior.

Digo interrumpimos porque desde que la oí maravillarse con su primera contracción supe que no iba a dejarla sola. Así de simple y claro era el contrato que habíamos firmado nueve meses atrás.

El nacimiento de mi hija ha empezado y yo, en una habitación contigua, oigo a lo lejos voces de gente y el tic-tic-tic de los monitores y unos breves quejidos de Pao, que a veces son más intensos, y veo también enfermeras cruzarse frente a mí sin decirme ni una palabra.

No sé por qué no intento preguntarles algo. No sé si es por el cansancio o por la ilusión o el nerviosismo o todo eso junto. En mi cabeza solo espero que se acerque una de ellas y me diga que ya está todo listo para recibirla. Y que me deje pasar.

Pero eso no ocurre, pasan los minutos y nada ocurre. Y cuando al fin una mujer mayor abre la puerta del salón y me autoriza a entrar -mi cuerpo está pegado a una pared, tengo los ojos plantados en la puerta del recibidor-, la imagen que me recibe es como un puñetazo.

Ocurre en un segundo o en medio segundo: solo puedo ver las manos de la obstetra terminando de sacar a Catalina, veo el final de su cuerpo emergiendo de Pao, su cabeza pequeñita moviéndose como una bolita de bingo en una ruleta, no veo mucho o acaso nada más que eso porque se me ha negado la chance de ver su primera reacción en este mundo y lo último que puedo ver son solo las últimas manchas de sangre y no las primeras manchas de sangre.

Después de 22 horas junto a Pao, no estoy junto a Pao en el momento más especial de este gran capítulo en nuestras vidas.

Lo que pasó después de eso lo recuerdo a medias. Puedo vernos posando como podíamos para las fotos que tomó uno de los obstetras que participó en el alumbramiento, me veo acercándome como podía a ver cómo limpiaban a mi pequeña, me veo saliendo de esa habitación con un beso a Pao y luego, de nuevo en la antesala, ardiendo en furia y descargando todo con la mujer mayor que cinco minutos antes me había autorizado a ingresar (luego ella se quejará con mi seguro de salud, pero esa es otra historia).

Ardo en furia y lo descargo todo y no me importa porque simple y sencillamente estoy frustrado.

Y así, pues, es como el mundo interrumpe tu felicidad, o acaso debiera corregirme, así es como ciertas decisiones que jamás podré entender -decisiones, por ejemplo, de una obstetra que durante nueve meses te trató con frialdad, como si no existieras, como si no fueras la exacta mitad de tu hija, y que a pesar de haber cumplido con algo que le habías pedido, esto es, un parto natural; fue demasiado obstetra para un momento tan humano-, así es como esas decisiones raudas e inexplicables interrumpen tu felicidad.

Con el último vestigio de ira en la sangre, y luego de haber fotografiado a Catalina en la salita de recién nacidos -mis hermanas y la familia de Pao ya nos habían felicitado-, decidí confrontar a la doctora. Y aunque no puedo recordar mucho de lo que hablamos o le dije o le increpé en esos diez minutos, llevo tatuada con fuego una de sus respuestas.

– Es algo que voy a recordar toda la vida –le recriminé; no oía nada de lo que pasaba alrededor.
– No es para tanto -respondió ella, sin conmoverse-. A mi esposo no lo dejaron entrar al parto. Simplemente no lo vio.

Así de sencillo. Para ella, una obstetra con años de experiencia y una hija a la que solíamos ver frecuentemente en las citas, los papás podríamos simplemente no presenciar el alumbramiento y nada pasaría, o acaso hasta sería mejor. No habría ningún problema porque tal parece que no es tan importante que nosotros estemos allí. O, como acabo de recordar, podemos incluso “ser incómodos” o, aun peor, “afectar el parto”. Porque, según me contó casi al acabar la discusión, había visto muy nerviosa a Pao y creyó que mi presencia solo empeoraría la situación. Mi mujer, entonces, debía estar lo suficientemente concentrada en dar a luz y yo, que había estado 22 horas junto con ella, sin dormir ni probar comida, y más bien calmándola cada diez minutos de esas 22 horas, en cada contracción, podría haberla puesto más nerviosa. Y la doctora no quería jugársela.

Así de simple y sencillo. No fueron ni siquiera las paredes frías y blancas de ese salón de partos las que tiñeron de rabia el nacimiento de mi hija, sino una mujer que, por encima de una pareja de padres primerizos, decidió que era mejor que el papá no estuviera en el parto. Sin consultarlo conmigo ni con la mamá -cuyo trance, como es lógico, le impidió  pensar si quiera en buscarme-, sin informarlo, confiando apenas en lo que su instinto le hacía creer equivocadamente que era el mejor camino.

Era injusto: era un gran sueño de nueve meses que se terminaba con tremendo portazo.

La noche del 21 de febrero, Catalina llegó al mundo para maravillarnos y fue con sus primeras respiraciones multiplicadas en la enorme habitación oscura en que casi ni dormimos con lo que, finalmente, preferí quedarme.

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12 comentarios en “Inocencia interrumpida (en una sala de partos)

  1. joa dijo:

    Muy interesante, conmovedor y frustrante no poder compartir el deseo de presenciar los dos un unico dia tan especial (el nacimiento mas increible de una hija) y por la sencilla razon que tuvo la experiencia la obstetra de no tener un esposo de querer presenciar ese momento lo vio tan frio en decidir que no este uno ahi…
    Inhumano.

  2. Derlly Myriam dijo:

    Gracias por compartir tu experiencia….porque muchos como tú tienen esa frustración,la acojo con cariño y te entiendo porque muchas veces he acompañado a padres primerizo y aunque tratamos de llegar aun acuerdo con profesionales de la salud,siempre terminan “adueñándose ” de momento más feliz de la pareja.Creo que llego la hora de levantar la voz y que se juzgue por un acto que infringe un derecho de toda persona pareja según la OMS Derecho al acompañamiento durante el parto,a veces se toma con algo tan simple,espero que muchos como Tú levante la voz de protesta.

    • Beto Villar dijo:

      Durante la gestación pensamos en la posibilidad de tener una doula en el parto, pero una de las cosas que me hacía dudar era, efectivamente, eso que al final ocurrió: la médico pensó que la sala era suya, al igual que mi mujer y mi hija, y desde allí todo fue cuesta abajo. Gracias por leerme!

  3. Antonia dijo:

    Las obstetras son el peor invento de la medicina. No he conocido seres más desalmados, irrespetuosos y desconsiderados con las mujeres, los bebés y los padres. No se sí están totalmente anestesiadas de humanidad o son así por formación. Lamentó mucho tu experiencia.

    • Beto Villar dijo:

      Gracias Antonia, pero intuyo que debe haber obstetras buenas. No creo que nada sea o blanco o negro. Pero en mi caso, y no solo por la obstetra, sino por la clínica en sí, el irrespeto fue brutal. No se lo deseo a nadie, saludos!

  4. Valeria Ruesta dijo:

    Es que en muchos países (el nuestro) se considera al padre simplemente como mero donador de esperma, se le niega su participación en la paternidad, la cual inicia desde la fecundación. Me indigna tu historia y con ella, reafirmo mi decisión de no dar a luz en una clínica u hospital, pues NO voy a permitir que no respeten mi ritmo de parto, el maltrato de las enfermeras y obstretas, y sobre todo, que no permitan la presencia de mi pareja en el parto.
    Es lamentable lo que te sucedió, y al igual que tú, miles de padres pasan lo mismo, son víctimas de violencia obstétrica y de la negación del ejercicio de su paternidad.
    Compartamos más de estas historias para que los futuros padres se informen de las negligencias de las clínicas u hospitales: la injustificada cesárea, la excesiva oxcitocina, la episiotomía innecesaria, el tacto colectivo…

    • Beto Villar dijo:

      Muchas gracias por el comentario. Es cierto, aunque probablemente existan médicos que sí respeten el ritmo de cada mujer en una gestación. Lo de las cesáreas es otro tema, que espero tocar. Saludos y gracias por leerme!

  5. piedeobjeto dijo:

    Hola Beto, yo acabo de parir a mi hija hace 11 días en Barcelona y a David, el padre, lo dejaron estar todo el tiempo a mi lado, para mi eso fue muy reconfortante, me hablaba, me recordaba respirar en cada contracción, me tomaba la mano y me conversaba y cuando Urpi (nuestra pequeña) salía, las matronas (son como las obstetras acá en España) le pidieron que se acerque a ver la cabeza de su hija saliendo, él le cortó el cordón umbilical y vio salir toda mi placenta y me dice que es algo que jamás olvidará y también siempre dice, “cuando Urpi sea grande le diré: tu madre te parió pero yo fui el primero en verte llegar a este mundo”. Definitivamente se debe educar más respecto a la gran importancia del padre. (Sonia Pérez)

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